sábado, 6 de marzo de 2010

LOS CRONOCRIMENES


LA PELICULA QUE GEORGE LUCAS HUBIERA QUERIDO HACER
País/Año: España 2008
Guión y Dirección: Nacho Vigalondo
Reparto: Karra Elejalde, Nacho Vigalondo, Candela Fernández, Bárbara Goenaga.

Mientras observa con prismáticos por las proximidades de su casa de campo, Héctor ve a una chica desnuda que parece estar inconsciente. Cuando se acerca a investigar, es atacado por un extraño que lleva la cara vendada. Su huida le llevará a un extraño centro donde se está probando una máquina para viajar a través del tiempo.
Con un guion espectacular y un presupuesto tan escaso como bien utilizado,  Nacho Vigalondo nos trae un relato de ciencia Ficción bien hecho, que no hace agua por ningun lado y que para colmo te deja con ganas de verla por segunda vez para darte cuenta de lo tonto que fuiste al no ver ESOS detalles.
El cine español esta demostrando que los jovenes a quienes no les pudrió la cabeza el franquismo tienen muchas cosas para decir. Si no me crees, mira REC, 3 Días, El orfanato, Taxi, y muchas otras.
Apurate, antes de que salga la mala copia Holliwoodense, con 2000 extras y efectos especiales que terminan siendo mas importantes que el guion.

miércoles, 14 de octubre de 2009

Chávez expropió un hotel Hilton



PARA "TURISMO SOCIAL A PRECIOS SOLIDARIOS"

El gobierno venezolano expropió el resort de la cadena norteamericana en Isla Margarita. Pasarán al Estado "libre de gravámenes"


“Sumérjase en la piscina de 180 metros ubicada en los jardines tropicales o pruebe su suerte en el casino más grande de la isla”. Si le parece mejor, “permita que el personal le ofrezca sus cócteles mientras se relaja en su silla reclinable con vista al mar Caribe”. Para llegar a este “paraíso”, la web del Hotel Hilton Margarita & Suites le propone que arribe por avión o que amarre su yate en el muelle del hotel. Semejantes placeres le costarán 390 dólares por día, si sólo opta por una habitación simple de 33 metros cuadrados. Para el presidente Hugo Chávez, las ofertas del Hilton de la isla Margarita, el destino más promocionado de Venezuela, es un ejemplo de “turismo de perfil imperialista”. Las decenas de cruceros que atracan allí cada año “ni siquiera invierten en el país” y sus pasajeros “se bajan un día y dejan el basurero”. Para solucionar estos inconvenientes, Chávez decidió que el complejo de origen norteamericano pasará al Estado “libre de gravámenes”, un paso para avanzar en su proyecto de “turismo popular y nacional” a “precios solidarios”.

El Hilton Margarita fue sede de la última Cumbre América del Sur-África celebrada en la isla caribeña en septiembre. En esa ocasión, ante representantes de 60 países, el líder bolivariano anunció su intención de expropiar el predio y trasladar la propiedad a la estatal Venezolana de Turismo, Venetur. El Estado sumará ahora 89 mil metros cuadrados de instalaciones, con 280 habitaciones y 210 suites, casino, locales comerciales, restaurantes, oficinas y salones, así como un puerto de 26 mil metros cuadrados que es destino de megacruceros.

Para justificar la medida, el gobierno hizo referencia a la Ley de Expropiación por Utilidad Pública o Social y el compromiso oficial de avanzar “con calidad revolucionaria en la construcción del socialismo”, según dice el decreto que lleva la firma del presidente. En el texto también se argumenta que el Estado debe contar con “alojamientos y sitios de recreación para el turismo” y ejecutar “su estrategia de desarrollo sustentable orientada a la inclusión”, para así combatir “la concepción del capitalismo individualista” y avanzar hacia una realidad “socialista colectiva”.

Todos estos objetivos se cumplirán, según el gobierno, gracias a un programa llamado “Desarrollo Social del Sector Turístico” de la isla Margarita.

La cadena Hilton, que tiene 500 hoteles en todo el mundo, no comentó por el momento el decreto de expropiación. Sin embargo, es poco probable que pueda evitar la medida, cuando se cumplen dos años de la expropiación del Hilton Caracas, que pasó a llamarse ALBA Caracas, en referencia a la Alianza Bolivariana para las Américas.

Las nacionalizaciones en el área turística se suman a las realizadas en sectores que Chávez considera estratégicos para su “revolución bolivariana”, como el petróleo, la electricidad, la siderurgia y la banca.

El ALBA cambia el dólar por el sucre

A partir de 2010, los países miembros de la Alianza Bolivariana para las Américas (ALBA) no utilizarán el dólar para sus operaciones de comercio exterior. En su lugar, Venezuela, Ecuador, Bolivia, Cuba, Nicaragua, Honduras y República Dominicana intercambiarán productos en una nueva moneda común que se llamará sucre, iniciales de Sistema Único de Compensación Regional. La instauración del sucre será el principal resultado de una cumbre que este viernes reunirá en Cochabamba a los presidentes de los países miembros.


EXTRAIDO DE CRITICA, DEL 14 DE OCTUBRE 2009

sábado, 19 de septiembre de 2009

Memorias de Dogville








La parecita, la reja, el muro. Nuestra buena conciencia suele tener límites tan toscos como ésos. El bebé que estrellan contra la medianera no es nuestro. No es nuestro problema.

Yo pago mis impuestos.

Yo me levanto todos los días a las seis de la mañana.

Que algo en el espíritu de grupo se perdió (si es que alguna vez estuvo) no es novedad. Lo estremecedor, en todo caso, es la facilidad –¿la alegría?– con la que nos entregamos, encantados, al juego de delegar. “El pueblo no delibera ni gobierna sino por medio de sus representantes y autoridades creadas por esta Constitución”, dice el artículo 22. Habrá que sostener pues vía impuestos toda una panoplia de funcionarios más o menos eficientes, más o menos indolentes, pero el precio es más que acomodado si de conciliar el sueño se trata. Yo cumplo. Yo pago. Yo duermo.

Todos, de algún modo, pagamos por olvidar. Como si el combo de trabajo e impuestos al día nos absolviera de todo lo demás. Tal nuestra miserable corona de ajo contra todo lo espantoso del mundo. Con la siempre rendidora excusa del Estado ausente (que si bien se borra de infinitos lugares, hay otros en los que sencillamente no tiene modo de estar) es fácil sentirse a salvo de lo otro. De lo que se cuela. De eso para lo que no hay ni muro ni reja ni medianera que valga. De eso que persiste. Que vuelve. Que no deja dormir.

No, no es sólo la tan mentada “mala conciencia burguesa”. Es algo mucho más físico. Los ruidos de una trifulca feroz en la casa de al lado. Un piojo de tres años descalzo, en agosto, arriba del subte. Todos estuvimos alguna vez justo en ese lugar. De casualidad. Y la casualidad suele ser la excusa perfecta para cerrar la puerta, subir el volumen de la radio, bajarse en la que viene. Las casualidades son eso: el error en la trama, lo que pasa cuando no debería pasar. Sobre todo cuando uno paga sus impuestos. O se levanta a las seis.

Hace un tiempo, el caso del Chacal de Mendoza puso en escena uno de estos secretos a voces con fondo de barrio. Crímenes colectivos en los que uno actúa mientras los demás ofician de campana. O de silenciador, según se prefiera. En veinte años, el amable vecindario de La Cuarta asistió al griterío y a los golpes que salían de la casa de Armando Lucero en perfecta sordera. En perfecto silencio. “Estamos indignados, esto es aberrante; muchos de nosotros todavía no podemos creer que nadie haya hecho una denuncia”, le comentó al diario Los Andes una mujer que –¿ya adivinaron?– prefirió no dar su nombre. Una indignada de manual, reprochando en los demás lo que ella misma nunca se animó a hacer.

Hace un tiempo, también, escuché de boca de Alicia Pierini otra historia de paredes que oyen pero no escuchan. La defensora del pueblo de la Ciudad de Buenos Aires recordó que la investigación que terminó con la clausura de varios talleres clandestinos en Floresta, en los que se tenía reducidas a la esclavitud a decenas de personas, había comenzado, en realidad, como una denuncia por ruidos molestos. “Las máquinas de coser andaban sin parar 24 horas y no dejaban dormir a nadie”, dijo. A la gente de bien, se sabe, nada la perturba tanto como esos sonidos maleducados que no respetan la propiedad privada y se meten en la casa de uno como si tal cosa. Habrase visto.

Algo me dice entonces que no, que nunca fuimos Fuenteovejuna. Que siempre fuimos Dogville, la ciudad de los vecinos siniestros. Una verdad intragable de la que por lo visto tomamos conciencia sólo cuando un “hecho policial” cualquiera viene a revolearnos nuestra hipocresía en la cara. A repetirnos por vez un millón que hay cosas que no se delegan. Y más aún: que las casualidades no existen, como tampoco existen ciertos accidentes. Se trata, siempre, de violencias cocinadas a fuego lento y por mil y un cocineros. Pequeñas muertes anunciadas. De indefensos, casi siempre, masacrados a cuatro, seis, veinte manos, aunque sólo hayan sido dos las definitivas.

Hace tres años, en marzo y en España, una nena llamada Alba quedó convertida en vegetal. Su padrastro cada tarde la ataba desnuda a una silla, que sacaba al balcón. Le daba agua de a gotas. Cada tanto. Y, cada no tanto, le daba unas palizas feroces. La última, en marzo de 2006, la dejó sin voz y sin pasos, y con la edad mental de una nena de dos. La chica tiene varios más. Tiene, también, una madre y vecinos. Muchos vecinos que nunca oyeron nada. Que nunca vieron nada. Setenta balcones, y la peor flor: una nena desnuda y atada a una silla. En la ventana. En pleno invierno.

No, definitivamente nunca fuimos Fuenteovejuna. Nuestro silencio es cualquier cosa menos noble. No busca proteger al que liquida al Comendador abusivo, sino callar a coro crímenes cantados, en los que cada quien mata como puede. Cerrando la boca. Apartando la vista, casi siempre.

Aquí, hace exactamente cinco años, un hombre torturó durante 12 horas a un nenito de cuatro, hijo de su pareja. La paliza comenzó a las 3 de la mañana. Terminó a las tres de la tarde, con el nene sin nombre (en Dogville, se sabe, hacemos de la privacidad nuestra obsesión) reventando contra una pared. Fue en La Boca. Hubo también aquí una madre que no estuvo –algunas madres suelen tener la mala costumbre de no estar en el único momento en el que de verdad se las necesita– y muchos, muchísimos vecinos. Todos escucharon todo, pero nadie vio nada. O sí. En medio de esa masacre que duró horas, el asesino se cruzó enfrente a comprar cigarrillos. Hubo una kiosquera que lo vio venir por la vereda, despeinado y ya bañado en sangre. Le vendió el atado y siguió con lo suyo.

El cliente, se sabe, siempre tiene la razón.

También aquí, en Santa María de los Buenos Aires, y hace todavía menos, una mujer de 35 años murió tras otra golpiza feroz, a cargo de su novio. “Crimen pasional en Caballito”, titularon en ese club de amigos del pensamiento fácil que suelen ser los diarios. También aquí amables vecinos asistieron, pared de por medio, a un asesinato a distancia. La chica alcanzó a pedir auxilio, pero ni así hubo caso. “Eran gritos desesperados. Después, escuché un golpe seco y pensé: ‘La reventó contra la pared’”, confesó horas más tarde y frente a las cámaras de televisión una encantadora copropietaria rubia de lentes, como quien cuenta un choque.

Claro que en Dogville también hay traidores. Gente que se mete donde nadie la llama y que, cada tanto, rompe con la ommertá que rige en la ciudad de los cómplices. Uno de esos réprobos apareció hace días en San Luis. Llamó por teléfono a la policía y contó que acababa de ver a un señor en una 4x4 entrando a un hotel con una nenita. Las fuerzas del orden se tomaron su tiempo antes de intervenir pero sí: efectivamente, en el interior había una chiquita de 11 años junto a un señor de 51. “Los vecinos lo conocían como una persona seria y honesta”, explicó el oficial a cargo del operativo. Un comerciante exitoso, “felizmente casado”, padre de tres hijos. La clase de gente que Dogville consiente, ampara, necesita.




Fernanda Sández
Diario Critica-19.09.2009

domingo, 30 de agosto de 2009

ADOLF OBAMA

Por Santiago O’Donnell

Hay ciertos temas que por razomes básicas de supervivencia muchas veces uno trata de obviar: temas densos, complejos, de aristas infinitas y en gran medida abstractos. Por ejemplo, el debate sobre la reforma del sistema de salud en Estados Unidos.

Hasta que un día uno abre el diario y se encuentra con una foto de una multitud sosteniendo carteles que muestran a Obama disfrazado de Hitler y se percata de que los manifestantes no pertenecen a ningún grupo marxista, ni islamista, ni adscriben a una causa de liberación nacional sino todo lo contrario.

Se trata de una grupo de rednecks (cuellos rojos, en inglés), los good ol’boys (buenos muchachos, en inglés) de las zonas rurales del sur, evangélicos y amantes de las armas, los soldados de a pie de la revolución que empezó Ronald Reagan y que estalló en pedazos con la caída de Wall Street y el final del mandato de George W. Bush, esa mezcla de chauvinismo político, conservadurismo cultural y neoliberalismo económico que había sido derrotado en las urnas por un Obama negro, progresista y estatista, al menos para la escala de ese país.

Sin embargo, la reforma le ha costado a Obama doce puntos de imagen positiva y corre serios riesgos de ser derrotada en el Congreso, o de ser diluida al punto de terminar siendo poco más que un lifting. Cualquiera de esas alternativas significaría la mayor derrota política de su joven gobierno.

Lo más loco es que los rednecks de la foto no están solos. La propuesta de reforma ha generado un fuerte rechazo en prácticamente toda la derecha estadounidense. Rush Limbaugh y Sarah Palin acusan al negro Obama de ser Hitler. No por Afganistán ni por querer expandir el poderío militar de Estados Unidos en el mundo. Por querer hacer el sistema de salud más accesible y más inclusivo.

Claro, lo más fácil es decir son todos unos fachos, desde Bush hasta Obama, hasta el último de ellos. Fachos y encima unos estúpidos que se dejan engañar por el lobby de las empresas privadas de salud, que gastan fortunas en publicidad y compran votos en el Congreso para que nada cambie y así se la siguen llevando en pala. Pero sería una simplificación tan grosera como pensar que de golpe Obama se ha transformado en Hitler.

Para entender por qué la prioridad política y principal promesa de campaña de Obama ha chocado contra una pared, hace falta entender mínimamente cómo funciona el sistema de salud estadounidense, por qué Obama quiere reformarlo y por qué tantos ciudadanos, incluyendo muchos que lo votaron, se oponen con tanta vehemencia a la iniciativa presidencial. Intentémoslo.

En Estados Unidos funcionan cuatro sistemas: el sistema privado, principal sujeto de la reforma; el Medicaid, que atiende a los pobres; el Medicare, que atiende a los jubilados y discapacitados, y el Veteran’s Administration, que atiende a los veteranos de guerra.

Medicare es un sistema íntegramente financiado por el gobierno federal que provee medicamentos, servicios médicos y servicios geriátricos. Atiende a unos 60 millones de personas. El gobierno no provee los bienes y servicios, sino que subcontrata con aseguradoras (algo así como prepagas), que a su vez contratan hospitales, compran remedios, etc. Parte del financiamiento viene de las jubilaciones, otra parte de otros impuestos y otra de un fondo de inversión que se está por acabar en un par de años. El sistema está en rojo y ahora se jubila la generación “baby boom”, producto de la explosión demográfica que sucedió a la Segunda Guerra Mundial.

Medicaid es un sistema de financiamiento mixto, mitad federal, mitad estatal, que administran los estados y que atiende a unos cuarenta millones de personas de todas las edades. En algunos casos los estados subcontratan con aseguradores, en otros contratan los servicios directamente. En algunos casos Medicaid (en cada estado tiene un nombre distinto) paga por lo que contrata, en otros funciona un sistema de cápitas, en otros se paga una suma fija por un servicio anual. La cobertura varía de estado a estado y en algunos les cobran copagos a los pobres por algunos servicios. Por ley, el gobierno federal compra todos los remedios de Medicaid y así negoció un descuento del 40 por ciento. En cambio en Medicare cada aseguradora compra sus remedios y los paga a precio de mercado. Esto es en parte porque hasta hace 25 años Medicare no cubría remedios y los jubilados tenían que comprarlos con su dinero en la farmacia.

A diferencia de Medicare, donde sólo hace falta tener 65 años o ser discapacitado para ser beneficiario, el criterio de Medicaid es esencialmente económico y los requisitos son complejos. En una palabra, hay que ser muy, pero muy pobre para recibir Medicaid. Si uno tiene un trabajo mal pago, que no alcanza para el costoso seguro de salud que ofrece el empleador, igual puede ser demasiado rico para Medicaid. Si no tiene trabajo pero es dueño de una casa o de algún bien que puede venderse, también puede ser demasiado rico para Medicaid. Si uno trabaja en una pyme pequeña o informal, que no provee cobertura, pero embolsa más de mil, mil quinientos pesos por mes, puede ser demasiado rico para Medicaid.

Demasiado rico para Medicaid pero demasiado pobre para un seguro de salud privado: hay unos cincuenta millones de estadounidenses en esa situación. Algunos simplemente no pueden pagar el seguro. Otros prefieren ir a los hospitales gratis, gastar el poco dinero que tienen en otra cosa y rezar para que no les pase nada grave. Otros perdieron su seguro al cambiar de trabajo y no pudieron recuperarlo por padecer una enfermedad preexistente. Otros perdieron la cobertura porque se fundieron pagando gastos médicos que su seguro no cubría.

Después está el sistema privado, que cubre a más de 150 millones de personas, que tiene sus particularidades. Funciona a través del empleador. Cada empleador contrata con una sola aseguradora. Los empleadores tampoco tienen muchas opciones de aseguradoras, las cuales por distintas regulaciones estatales y federales ejercen un dominio de mercado monopólico u oligopólico en distintas áreas, similar a los servicios públicas pero desde la empresa privada.

Las aseguradoras les ofrecen a los empleadores un menú de planes de distinto precio para acomodar a toda la escala salarial. El empleado elige pagar mucho por un plan caro o menos por un plan barato. El más económico es el sistema llamado HMO. Se trata de planes con cartilla cerrada que típicamente giran alrededor de un solo centro de atención primaria, similar al que ofrecen muchas obras sociales en la Argentina. De ahí para arriba es posible comprar los planes más lujosos y extravagantes que uno pueda imaginarse, pero no cambiar de aseguradora.

Los demócratas sueñan con reformar el sistema desde hace por lo menos 75 años, para acercarse aunque sea un poco a los sistemas de cobertura universal que con presupuestos comparables ofrecen países como Canadá o algunos miembros de la Unión Europea.

Los objetivos básicos de la reforma son dos: aumentar la cobertura en cantidad y calidad, y bajar los costos a través de la regulación de la industria, empezando por las aseguradoras. La idea es que el mayor ingreso que percibiría el sistema por la expansión de la cobertura permitiría a los proveedores bajar los costos o frenar los aumentos que recaen sobre los usuarios.

A diferencia del plan que presentaron los precandidatos Hillary Clinton y Howard Dean en la campaña, el de Obama no garantiza la cobertura universal. Pero se acerca. La idea es que la cobertura alcance al 95 por ciento de los estadounidenses y residentes, dejando de lado a los más de diez millones de inmigrantes ilegales.

Eso se lograría a través de subsidios federales para los pobres no tan pobres como para recibir Medicaid, que se canalizarían directamente a través de las aseguradoras.

Para bajar los costos Obama propone negociar con las aseguradoras un plan básico de prestaciones establecido por el gobierno a un precio fijo. También un sistema de puntajes que recompense a los mejores hospitales en vez de los que más personas atienden. Y algún mecanismo para que los empleadores tengan más libertad de elección a la hora de contratar aseguradoras. Además impulsa la creación de una aseguradora estatal para garantizar la competencia honesta.

Con un presidente que viene de arrasar en las urnas, con mayoría en las dos cámaras, los demócratas estaban convencidos de que era ahora o nunca.

Pero Obama cometió un grave error de cálculo y se llevó una sorpresa mayúscula. No tuvo en cuenta el efecto psicológico de la peor crisis económica desde la Gran Depresión. No tuvo en cuenta que en tiempos de crisis la gente está más preocupada por no perder lo que tiene que por mejorar su situación. Ni que un tema tan complejo y difícil de explicar era lo que la derecha estaba esperando para facturarle todos los intereses que había tocado desde su llegada al gobierno.

Entonces empezaron a decir que Obama primero había estatizado los bancos, después las automotrices y ahora quería estatizar el sistema de salud porque estaba enfermo de poder y quería controlar todo.

Después Palin se agarró de un programita incluido en la reforma para asesorar a enfermos terminales sobre sus deseos de no extender artificialmente su vida, para acusar al presidente de promover “paneles de la muerte”.

Después echaron a correr la bola de que el control de precios implícito en la reforma llevaría a un sistema de “cuotas” que limitaría las opciones de los pacientes y provocaría más demoras para conseguir atención.

El tema prendió y los enemigos de la reforma empezaron a agarrarse de cualquier cosa. El principal ideólogo de la reforma es un especialista en bioética de Harvard. Entre los tres millones de palabras y decenas de libros que el experto escribió sobre la bioética, citó a otro experto diciendo que en un caso donde hay que decidir entre darle un riñón a un enfermo que sufre una enfermedad mental extrema e irreversible, y otra persona que no sufre ese problema, a lo mejor sería conveniente darle el riñón al que no sufre dicha enfermedad mental. Para qué. Aunque el experto aclaró que nunca defendió esa posición y que se arrepiente de no haber sido más claro al respecto en su libro, a partir de esa cita, la derecha dictaminó que la reforma les quitaría derechos y cobertura a los discapacitados. De ahí la comparación de Obama con Hitler.

Cuestión que Obama pensó que no habían entendido bien y que su magia estaba intacta y partió a las Rocallosas, la cuna de los rednecks, a explicar el plan en foros ciudadanos. Y mandó emisarios al resto del país para hacer lo mismo. No le fue bien. Demasiados casos difíciles de explicar o sin solución a la vista. Demasiado lenguaje técnico y burocrático como para enfrentar la simpleza del relato opositor. Demasiada angustia como para que prenda el “Sí, podemos”. Demasiado miedo.

Para colmo, la oficina presupuestaria del Congreso salió a decir que el plan de Obama costará una fortuna que el país no está en condiciones de pagar. Pero según demostró el experto Jon R. Gabel en el New York Times, esa misma oficina subestimó, y por mucho, los ahorros alcanzados en las últimas tres modificaciones del sistema. Y lo hizo por carecer, después de dos décadas de neoliberalismo, de la gimnasia contable necesaria para estimar la sinergia que producen la centralización y el mayor poder de negociación implícitos en la intervención estatal.

Poco a poco el lobby médico y el espíritu de restauración conservadora se van comiendo los aspectos más progresistas del paquete en los pasillos del Capitolio y las reuniones del Comité de Finanzas. La idea de una aseguradora estatal para competir con las privadas está en la cuerda floja y sólo sobrevivirá si Obama deja de negociar con los republicanos moderados e intenta imponer su mayoría parlamentaria. Pero el problema es que en medio de la tormenta algunos demócratas dudan y otros ya se pasaron de bando y todavía falta mucho trabajo, mucho desgaste en un Congreso de vacaciones que recién vuelve a sesionar el 8 de septiembre.

Paul Krugman los llama “los zombies de Reagan”, porque su ideología ha muerto pero han salido del cementerio para acechar al gobierno de Obama. Siembran miedo buscando asfixiar la iniciativa del presidente. Son ellos los que han marcado la agenda del debate sobre el sistema de salud, mientras Obama mira desde el cartel, con bigotito nazi y cara de no entender nada.



EXTRAIDO DE PAGINA/12 DE HOY

jueves, 9 de julio de 2009

RESISTENCIA (defiance)



Titulo Original: Defiance

Género: Drama Bélico

Nacionalidad: USA

Año: 2008

Direccion: Edward Zwick

Guion: Ed Zwick, Clay Frohman

Reparto: Daniel Craig, Liev Schreiber, Jamie Bell, Alexa Davalos, Allan Corduner, Mark Feuerstein

Corre el año 1941 y los judíos de Europa Oriental están siendo masacrados a millares. Tres hermanos logran escapar de una muerte segura y se refugian en los densos bosques de alrededor de su casa, que conocen desde su infancia. Allí inician su desesperada lucha contra los nazis, convirtiendo la lucha por la supervivencia en algo mucho más importante, una forma de vengar las muertes de sus seres queridos al salvar a miles de personas.

Basada en una historia real, la pelicula se presenta como una de las tantas historias de heroismo durante la segunda guerra mundial. Pero poco a poco vamos viendo sutiles diferencias entre esta y otras peliculas del genero: Los personajes protagonistas no son norteamericanos ni franceses ni iingleses, sino bielorrusos. Entre otras cosas, la pelicula plantea de manera honesta y poco estereotipada varias cuestiones espinozas: la relacion entre los pueblos locales y los nazis, entre estos y la autoridad local, entre judios y no judios, y entre aquellos que se disponen a luchar y aquellos otros que se entregan a la resignacion.

Y, lejos de querer dar lecciones morales "a lo hollywood", el film nos pone cara a cara con dilemas tipicos de la humanidad de nuestro tiempo: ¿que hacer ante la adversidad, luchar o aislarse? ¿haciendo lo mismo que el enemigo uno se vuelve igual a el?¿es posible la resistencia pacifica?

Aunque el final me dejo un gustito amargo (no cuento nada mas, compruebenlo ustedes mismos) "Defiance" es una gran pelicula, con unas actuaciones de la hostia y una ambientacion de lujo.