sábado, 24 de noviembre de 2007

Sociología de la arquitectura





Sociología de la arquitectura
(construyendo el nuevo sotano)



En primer lugar, vale aclarar que un hombre tiene un tiempo para hablar, y otro para callar. Y antes de que llegue la hora de mi silencio, siento la necesidad de decirte un par de cosas. Mas bien un par de cosas que se van transformando en varios pares de cosas.
Yo se que fui haciendo todos los meritos para que, prolijamente y sin escalas, me mandes a la mierda. Y también se que no lo hiciste, aunque no se porque. Pero el hecho, creo yo, amerita un escueto pedido de disculpas en forma de misiva seudo literaria.
No se si te acordas, pero habíamos empezado a construir un sótano, a donde los dos bajábamos de vez en cuando; en cierta medida, nos sentíamos cómodos. Lo habíamos adornado con largas charlas por MSN, salidas al cine, a cenar, al teatro, mensajes de texto, referencias de terceros a la iglesia de la Santa Cruz y miradas cómplices, etc. Estaba lindo, hasta que un día se inundo.
Lo inunde yo, para que mentir. Con mi profunda estupidez, mezcla de fría lógica cientificista y sentimentalismo arrebatado. Lo que pasa es que cuando la estupidez se disfraza de voluntarismo revolucionario, no hay quien la pare. Y te vi ahí, chapoteando en las oscuras aguas del malentendido, tus piecitos descalzos mojándose irremediablemente, me dio una pena…para que contar. Y por esa época, vos estabas resfriada todo el tiempo, con tanta humedad, ¿te acordas?
Yo no sabía (a veces todavía no se) como manejar la situación, tan inédita para mí como para vos. Entonces, leyendo (la lectura, santo refugio) me encontré con Julio, un viejo amigo que, alguna vez, me presento Tamara.
Y yo le pregunte a Julio por vos, y en “cambio de luces” me dijo: “escribí como si esa mujer que imaginaba (porque así te imaginaba Julio cuando le hable de vos) más bien chiquita y triste y de pelo castaño con ojos claros estuviera sentada ahí”. Y le hice caso, y acá estoy, como si vos estuvieras sentada al lado de la PC.
Te escribo para que construyamos un nuevo sótano. Pero esta vez, que sea uno que nos guste a los dos, de nuevo. Traigamos lo que se pueda rescatar del otro, aunque tenga un poquito de olor a humedad los primeros tiempos. Y si alguno le pone un adorno que al otro no le gusta (un codazo en una cena sociológica de tu parte, una frase desubicada de la mía) tengamos la valentía de decir “che, en este sótano, me parece, esto no va” para que el otro vaya y lo saque, por el bien de la convivencia subterránea. O, tal vez, bancarnos ese adornito feo que, si te fijas bien, no es tan molesto.
Y también para que esta relación sea cada vez menos subterránea y cada vez más al ras de la tierra (la misma que caminan los otros). Que deje de ser un sótano para convertirse en un monoambiente de un segundo piso, bien posmo; aunque algunas cosas tengan que quedar en el sótano, porque no todo puede ser público.
No te voy a prometer la renuncia, porque seria una autentica hipocresía; y además porque no se puede renunciar a algo que es tan deseado y necesario (como no puedo renunciar al socialismo). Dicho sea de paso, me resultaría imposible renunciar a algo que no tengo. Lo que si prometo es silencio (el silencio es salud, ja...) y el mas absoluto respeto.
Bueno, sin otro particular te saludo atentamente, porque las cartas tienen esa formalidad de querer terminar aunque recién estén empezando.
Javier

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