"Google es más poderoso que lo que
viernes, 12 de diciembre de 2014
El poder de Google
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jueves, 18 de agosto de 2011
TODO SIGUE IGUAL...CON O SIN CRISTINA
sábado, 25 de diciembre de 2010
La ilusión de la seguridad (o cómo justificar el estado policial)
sábado, 11 de diciembre de 2010
Macri Vainilla
sábado, 27 de noviembre de 2010
Conflicto entre las dos Coreas
CLICK AQUI PARA VER EL INFORME
jueves, 28 de octubre de 2010
NO DUELO NACIONAL
viernes, 23 de julio de 2010
ZIZEK!
Nosotros siempre deberíamos reinventar la utopía, pero en qué sentido, hay dos significados falsos: Uno es este antiguo consejo de imaginarse una sociedad plural que sabemos que nunca se va a concretar y la otra utopía es esta utopía del capitalismo en la cual uno sigue encontrándose con nuevos deseos perversos que no solamente quiere realizar sino que lo obligan a uno a realizar, por ejemplo, y esto que les voy a contar ahora no es un chiste sino que es cierto, en unas pequeñas comunidades norteamericanas bastante radicalizadas hablan del la siguiente opción: hablan de que la gente que adopta a la necrofilia en realidad están sufriendo una desventaja en la sociedad que quizás habría que encontrar la forma de suministrarles los cuerpos, imagínense, se ve como algo posible hacer el amor al cadáver pero por otra parte ustedes serían utópicos si creyeran en la posibilidad de controlar las fluctuaciones monetarias internacionales.
Yo creo que a diferencia de este tipo de utopía, la verdadera utopía no es algo que uno se imagina, un sueño, sino que es algo que en realidad surge de un impulso, de una necesidad pura y autentica de sobrevivir, una necesidad de supervivencia cuando uno se encuentra en una situación en la que ya no es posible una salida dentro de las coordenadas de lo habitual, entonces nuevamente destaco que la utopía es algo que uno se ve obligado a imaginar uno se ve forzado a imaginarla y no es algo que surja libremente de una fantasía sino que es un imperativo de una urgencia de una situación."
lunes, 19 de julio de 2010
La inseguridad social será el tema del futuro
Entrevista a Louis Wacquant por Laura Di Marco para La Nación, 28-11-2007
Louis Wacquant, de 47 años, es el principal discípulo del sociólogo francés Pierre Bourdieu, uno de los más influyentes y conocidos del siglo XX. Con él escribió Una invitación a la sociología reflexiva.
- Usted dice que el crecimiento económico no sólo traerá bienestar, sino también más marginalidad. Pero la verdad es que no me imagino a los políticos argentinos proponiendo un retroceso. ¿Qué solución potable sugiere?
-La solución no pasa por frenar el crecimiento, sino por dejar de ilusionarse con que remediará la marginalidad, porque es al revés: traerá más pobres si nos quedamos esperando que el mercado laboral mejore y que la gente consiga trabajo. La expansión del trabajo precario asalariado, con baja remuneración, hecho que ya estamos viendo en los países más desarrollados, generaliza la inseguridad social. Es necesario buscar políticas públicas que ataquen la marginalidad en forma más directa.
- ¿Cómo es eso? Si no es del trabajo, ¿de qué vamos a vivir?
-La principal fuente de marginalidad es el desempleo y la proliferación del trabajo part time y en negro, y eso no se resolverá con el crecimiento económico. La precariedad no es un fenómeno pasajero ni del pasado: está en nuestro futuro. En adelante, ya no podremos depender del salario para garantizar lo básico. Se requerirá un mayor compromiso del Estado para distribuir los principales bienes sociales: tener un techo sobre la cabeza, no morir de una enfermedad curable, poder trasladarse, tener acceso al entrenamiento laboral...
- ¿Propone algo así como un piso mínimo de derechos básicos, garantizado por el Estado?
-Sí, pero cuando hablo de una política pública igualadora no es porque ame el Estado. No debe ser entendido el Estado como la teología de la izquierda. Precisamente a mí me parece que el desafío del siglo XXI es salir de la discusión de Estado versus mercado, como si fuera un debate religioso. El punto es que hasta ahora no se ha inventado un instrumento mejor para reducir la desigualdad. Mientras los pobres afrontan una inseguridad objetiva, la clase media sufre otro tipo de inseguridad social. Se trata de la inseguridad subjetiva, porque los trabajos son cada vez menos seguros. Entonces se comienza a sentir incertidumbre por el futuro, la ansiedad de no saber si se podrá transmitir a los hijos el propio estatus social. Eso lleva a la clase media a sentir hostilidad por los marginales, que aquí pueden ser los piqueteros. El rechazo esconde un temor profundo, que dice: "Ese podría ser yo". El piquetero es una amenaza concreta. (...)
- Algunos dicen que a ciertos sectores del poder, incluso a cierta dirigencia política, les conviene que haya pobres, porque son manejables.
-Yo diría, más bien, que no les importa. Hay un enorme egoísmo social que hace que los que más tienen digan: a mí me va bien, yo estoy haciendo plata. Es tu problema... Hay un individualismo que lleva, incluso, a echarles la culpa a los pobres por su condición.
- Muchas veces el poder político ha usado los planes sociales para generar redes de clientelismo y atacar la dignidad de las personas, en lugar de fortalecerlas.
-Yo creo, sin embargo, que este tema de la dependencia es un prejuicio contra los pobres. Se cree que si a los pobres se los ayuda con subsidios no van a trabajar, pero no se piensa lo mismo de quienes tienen bonos y participan en la Bolsa. Nadie dice que a quienes viven de rentas no les gusta trabajar. El trabajo implica participar en la corriente de la vida, hace a la identidad de las personas. Que se reciba un subsidio en forma de ayuda social no implica que la gente deje de trabajar. Ese es un mito.
sábado, 17 de julio de 2010
El fútbol, ese leal amigo del capitalismo

Por Terry Eagleton (*)
The Guardian / La Haine, 06/07/10
Si mala cosa es el gobierno de Cameron [Gran Bretaña] para quienes pretenden un cambio radical, la Copa del Mundo es todavía peor. Nos recuerda a todos lo que probablemente seguirá atravesándose en el camino de ese cambio mucho tiempo después de que la coalición [liberal-conservadora] haya muerto. Si cualquier fundación intelectual derechista tuviera que dar con un esquema capaz de distraer al populacho de la injusticia política y compensarlo por una vida de durísimo trabajo, la solución siempre sería la misma: fútbol. Salvo el socialismo, no se imaginado manera más refinada de resolver los problemas del capitalismo. Y en la concurrencia entre socialismo y fútbol, el fútbol va varios años luz por delante.
Las sociedades modernas niegan a los hombres y a las mujeres la experiencia de la solidaridad, experiencia que el fútbol proporciona hasta el extremo del delirio colectivo. Muchos mecánicos y muchos dependientes de comercio se sienten excluidos de la alta cultura; pero una vez a la semana son testigos de representaciones artísticamente sublimes, ejecutadas por hombres para los que el calificativo de genios no resulta, a veces, hiperbólico. Como en una banda de jazz o en una compañía de teatro, el fútbol amalgama talento individual deslumbrante y abnegado trabajo colectivo, resolviendo así un problema sobre el que los sociólogos han venido devanándose los sesos desde tiempos inveterados. Cooperación y competición, astutamente equilibradas. La lealtad ciega y la rivalidad a muerte gratifican algunos de nuestros más potentes instintos evolutivos.
El juego, además, mezcla encanto con ordinariez en sutiles proporciones: los jugadores son de factura heroica, pero una de las razones por las que los reverenciamos es por su carácter de alter ego; fácilmente podrían ser cualquiera de nosotros. Sólo Dios es capaz de combinar de esta guisa intimidad y otredad, y hace tiempo que ha sido rebasado en celebridad por este otro Uno indivisible que es José Mourinho.
En un orden social desnudo de ceremonia y simbolismo, el fútbol ingresa para enriquecer estéticamente la vida de gentes para las que Rimbaud es un grande del cine. El deporte es un espectáculo, pero, a diferencia del ofrecido por las paradas militares, un espectáculo que invita a la intensa participación de sus espectadores. Hombres y mujeres, cuyo trabajo es cualquier cosa menos intelectualmente exigente, pueden exhibir una asombrosa erudición a la hora de recordar la historia del juego o de describir analíticamente las destrezas de los jugadores. Doctas disputas, dignas de los foros de los antiguos griegos, afloran rebosantes en bares y mercados. Como en el teatro de Bertolt Brecht, el juego convierte en expertos a las gentes del común.
El vívido sentido de la tradición contrasta con la amnesia histórica de la cultura postmoderna, para la que cualquier cosa ocurrida hace 10 minutos tiene que ir a parar al basurero de las antigüedades. Hay incluso un punto de inflexión de género, porque los jugadores combinan la fuerza del púgil con la gracilidad de la bailarina. El fútbol ofrece a sus seguidores belleza, drama, conflicto, liturgia, carnaval y la impar marca de la tragedia, por no hablar de la oportunidad de viajar a África y volver sin abandonar la borrachera. Como alguna que otra fe religiosa, el juego determina qué tienes que vestir, con quién tienes que asociarte, qué himnos has de cantar y qué relicario de verdades transcendentes has de adorar. Junto con la televisión, es la suprema solución al inveterado dilema de nuestros amos políticos: ¿qué hay que hacer con ellos, cuando no están trabajando?
Durante siglos y en toda Europa, el carnaval popular, al tiempo que proporcionaba a las gentes del común una válvula de escape para sus sentimientos subversivos –profanando imágenes religiosas y haciendo ludibrio de sus señores y amos—, constituía un acontecimiento genuinamente anárquico, un anticipo de la sociedad sin clases.
Con el fútbol, en cambio, puede haber estallidos de populismo airado y rebelarse los aficionados contra los peces gordos empresariales que sacan pecho en sus clubs, pero en nuestros días el grueso del fútbol es el opio del pueblo, si no su crack cocaínico. Su icono es el impecablemente conservador y servilmente conformista David Beckham. Los Rojos ya no son los bolcheviques. Nadie que sea serio y esté a favor de un cambio político radical puede eludir la necesidad abolir este juego. Y cualquier grupo que lo intentara, tendría sobre poco más o menos las mismas posibilidades de llegar al poder que el máximo ejecutivo de British Petroleum de recibir una donación de Oprah Winfrey.
(*)Terry Eagleton, internacionalmente reconocido crítico cultural en la tradición marxista británica de Raymond Williams, es profesor de literatura en la Universidad de Manchester. Se ha publicado recientemente en castellano (editorial Debate) su interesante libro de memorias: “El portero”
sábado, 24 de abril de 2010
Fachoprogresismo, la maquinaria del miedo
Los peligrosos métodos orquestados por Kirchner
El sistema funciona así. A Néstor Kirchner se le cae una idea o una opinión en las reuniones cada vez más reducidas de Olivos, y ese concepto dispara la primera ficha del dominó mediático alimentado desde el oficialismo. De inmediato, rebota en un medio estatal, luego en alguna radio “amiga”, más tarde en los programas del productor Diego Gvirtz, y la última ficha en caer será ese concepto difundido por algún noticiero de medianoche, en lo posible a través de algún ídolo popular que interprete la realidad nacional con una visión calcada de aquella “revelación” que tuvo Kirchner, supongamos, en los jardines de la quinta presidencial. Un circuito veloz, aceitado y peligroso.
La última “bola de nieve” involucra, cuándo no, a la prensa. Tras las críticas por el afiche que apareció el jueves 15 con los rostros de profesionales vinculados al Grupo Clarín, el ex presidente deslizó como al pasar: “Los periodistas me hacen reír. Ellos escrachan a todo el mundo, pero cuando aparecen en un afichito saltan todos”. Esa será la idea fuerza que recorrerá esta semana el espinel de los medios amigos y figuras públicas supuestamente progresistas: “Los periodistas se creían intocables”. Pero no sólo estuvo Kirchner detrás de “la idea”, fue el propio ex presidente quien supervisó el armado del panfleto.
¿Progresismo? Operaciones sucias hubo siempre en el kirchnerismo. Por ejemplo, cuando en el 2005 ordenaron hacer una denuncia falsa contra el candidato del ARI, Enrique Olivera, a pocos días de las elecciones, Néstor Kirchner pidió entonces ser entrevistado por Radio 10 para agitar el caso. El entonces presidente se explayó a sus anchas en esa radio amiga, propiedad de Daniel Hadad, un diablo para el progresismo argentino.
miércoles, 14 de octubre de 2009
Chávez expropió un hotel Hilton


PARA "TURISMO SOCIAL A PRECIOS SOLIDARIOS"
El gobierno venezolano expropió el resort de la cadena norteamericana en Isla Margarita. Pasarán al Estado "libre de gravámenes"
El Hilton Margarita fue sede de la última Cumbre América del Sur-África celebrada en la isla caribeña en septiembre. En esa ocasión, ante representantes de 60 países, el líder bolivariano anunció su intención de expropiar el predio y trasladar la propiedad a la estatal Venezolana de Turismo, Venetur. El Estado sumará ahora 89 mil metros cuadrados de instalaciones, con 280 habitaciones y 210 suites, casino, locales comerciales, restaurantes, oficinas y salones, así como un puerto de 26 mil metros cuadrados que es destino de megacruceros.
Para justificar la medida, el gobierno hizo referencia a la Ley de Expropiación por Utilidad Pública o Social y el compromiso oficial de avanzar “con calidad revolucionaria en la construcción del socialismo”, según dice el decreto que lleva la firma del presidente. En el texto también se argumenta que el Estado debe contar con “alojamientos y sitios de recreación para el turismo” y ejecutar “su estrategia de desarrollo sustentable orientada a la inclusión”, para así combatir “la concepción del capitalismo individualista” y avanzar hacia una realidad “socialista colectiva”.
Todos estos objetivos se cumplirán, según el gobierno, gracias a un programa llamado “Desarrollo Social del Sector Turístico” de la isla Margarita.
La cadena Hilton, que tiene 500 hoteles en todo el mundo, no comentó por el momento el decreto de expropiación. Sin embargo, es poco probable que pueda evitar la medida, cuando se cumplen dos años de la expropiación del Hilton Caracas, que pasó a llamarse ALBA Caracas, en referencia a la Alianza Bolivariana para las Américas.
Las nacionalizaciones en el área turística se suman a las realizadas en sectores que Chávez considera estratégicos para su “revolución bolivariana”, como el petróleo, la electricidad, la siderurgia y la banca.
El ALBA cambia el dólar por el sucre
A partir de 2010, los países miembros de la Alianza Bolivariana para las Américas (ALBA) no utilizarán el dólar para sus operaciones de comercio exterior. En su lugar, Venezuela, Ecuador, Bolivia, Cuba, Nicaragua, Honduras y República Dominicana intercambiarán productos en una nueva moneda común que se llamará sucre, iniciales de Sistema Único de Compensación Regional. La instauración del sucre será el principal resultado de una cumbre que este viernes reunirá en Cochabamba a los presidentes de los países miembros.
sábado, 19 de septiembre de 2009
Memorias de Dogville

Yo pago mis impuestos.
Yo me levanto todos los días a las seis de la mañana.
Que algo en el espíritu de grupo se perdió (si es que alguna vez estuvo) no es novedad. Lo estremecedor, en todo caso, es la facilidad –¿la alegría?– con la que nos entregamos, encantados, al juego de delegar. “El pueblo no delibera ni gobierna sino por medio de sus representantes y autoridades creadas por esta Constitución”, dice el artículo 22. Habrá que sostener pues vía impuestos toda una panoplia de funcionarios más o menos eficientes, más o menos indolentes, pero el precio es más que acomodado si de conciliar el sueño se trata. Yo cumplo. Yo pago. Yo duermo.
Todos, de algún modo, pagamos por olvidar. Como si el combo de trabajo e impuestos al día nos absolviera de todo lo demás. Tal nuestra miserable corona de ajo contra todo lo espantoso del mundo. Con la siempre rendidora excusa del Estado ausente (que si bien se borra de infinitos lugares, hay otros en los que sencillamente no tiene modo de estar) es fácil sentirse a salvo de lo otro. De lo que se cuela. De eso para lo que no hay ni muro ni reja ni medianera que valga. De eso que persiste. Que vuelve. Que no deja dormir.
No, no es sólo la tan mentada “mala conciencia burguesa”. Es algo mucho más físico. Los ruidos de una trifulca feroz en la casa de al lado. Un piojo de tres años descalzo, en agosto, arriba del subte. Todos estuvimos alguna vez justo en ese lugar. De casualidad. Y la casualidad suele ser la excusa perfecta para cerrar la puerta, subir el volumen de la radio, bajarse en la que viene. Las casualidades son eso: el error en la trama, lo que pasa cuando no debería pasar. Sobre todo cuando uno paga sus impuestos. O se levanta a las seis.
Hace un tiempo, el caso del Chacal de Mendoza puso en escena uno de estos secretos a voces con fondo de barrio. Crímenes colectivos en los que uno actúa mientras los demás ofician de campana. O de silenciador, según se prefiera. En veinte años, el amable vecindario de La Cuarta asistió al griterío y a los golpes que salían de la casa de Armando Lucero en perfecta sordera. En perfecto silencio. “Estamos indignados, esto es aberrante; muchos de nosotros todavía no podemos creer que nadie haya hecho una denuncia”, le comentó al diario Los Andes una mujer que –¿ya adivinaron?– prefirió no dar su nombre. Una indignada de manual, reprochando en los demás lo que ella misma nunca se animó a hacer.
Hace un tiempo, también, escuché de boca de Alicia Pierini otra historia de paredes que oyen pero no escuchan. La defensora del pueblo de la Ciudad de Buenos Aires recordó que la investigación que terminó con la clausura de varios talleres clandestinos en Floresta, en los que se tenía reducidas a la esclavitud a decenas de personas, había comenzado, en realidad, como una denuncia por ruidos molestos. “Las máquinas de coser andaban sin parar 24 horas y no dejaban dormir a nadie”, dijo. A la gente de bien, se sabe, nada la perturba tanto como esos sonidos maleducados que no respetan la propiedad privada y se meten en la casa de uno como si tal cosa. Habrase visto.
Algo me dice entonces que no, que nunca fuimos Fuenteovejuna. Que siempre fuimos Dogville, la ciudad de los vecinos siniestros. Una verdad intragable de la que por lo visto tomamos conciencia sólo cuando un “hecho policial” cualquiera viene a revolearnos nuestra hipocresía en la cara. A repetirnos por vez un millón que hay cosas que no se delegan. Y más aún: que las casualidades no existen, como tampoco existen ciertos accidentes. Se trata, siempre, de violencias cocinadas a fuego lento y por mil y un cocineros. Pequeñas muertes anunciadas. De indefensos, casi siempre, masacrados a cuatro, seis, veinte manos, aunque sólo hayan sido dos las definitivas.
Hace tres años, en marzo y en España, una nena llamada Alba quedó convertida en vegetal. Su padrastro cada tarde la ataba desnuda a una silla, que sacaba al balcón. Le daba agua de a gotas. Cada tanto. Y, cada no tanto, le daba unas palizas feroces. La última, en marzo de 2006, la dejó sin voz y sin pasos, y con la edad mental de una nena de dos. La chica tiene varios más. Tiene, también, una madre y vecinos. Muchos vecinos que nunca oyeron nada. Que nunca vieron nada. Setenta balcones, y la peor flor: una nena desnuda y atada a una silla. En la ventana. En pleno invierno.
No, definitivamente nunca fuimos Fuenteovejuna. Nuestro silencio es cualquier cosa menos noble. No busca proteger al que liquida al Comendador abusivo, sino callar a coro crímenes cantados, en los que cada quien mata como puede. Cerrando la boca. Apartando la vista, casi siempre.
Aquí, hace exactamente cinco años, un hombre torturó durante 12 horas a un nenito de cuatro, hijo de su pareja. La paliza comenzó a las 3 de la mañana. Terminó a las tres de la tarde, con el nene sin nombre (en Dogville, se sabe, hacemos de la privacidad nuestra obsesión) reventando contra una pared. Fue en La Boca. Hubo también aquí una madre que no estuvo –algunas madres suelen tener la mala costumbre de no estar en el único momento en el que de verdad se las necesita– y muchos, muchísimos vecinos. Todos escucharon todo, pero nadie vio nada. O sí. En medio de esa masacre que duró horas, el asesino se cruzó enfrente a comprar cigarrillos. Hubo una kiosquera que lo vio venir por la vereda, despeinado y ya bañado en sangre. Le vendió el atado y siguió con lo suyo.
El cliente, se sabe, siempre tiene la razón.
También aquí, en Santa María de los Buenos Aires, y hace todavía menos, una mujer de 35 años murió tras otra golpiza feroz, a cargo de su novio. “Crimen pasional en Caballito”, titularon en ese club de amigos del pensamiento fácil que suelen ser los diarios. También aquí amables vecinos asistieron, pared de por medio, a un asesinato a distancia. La chica alcanzó a pedir auxilio, pero ni así hubo caso. “Eran gritos desesperados. Después, escuché un golpe seco y pensé: ‘La reventó contra la pared’”, confesó horas más tarde y frente a las cámaras de televisión una encantadora copropietaria rubia de lentes, como quien cuenta un choque.
Claro que en Dogville también hay traidores. Gente que se mete donde nadie la llama y que, cada tanto, rompe con la ommertá que rige en la ciudad de los cómplices. Uno de esos réprobos apareció hace días en San Luis. Llamó por teléfono a la policía y contó que acababa de ver a un señor en una 4x4 entrando a un hotel con una nenita. Las fuerzas del orden se tomaron su tiempo antes de intervenir pero sí: efectivamente, en el interior había una chiquita de 11 años junto a un señor de 51. “Los vecinos lo conocían como una persona seria y honesta”, explicó el oficial a cargo del operativo. Un comerciante exitoso, “felizmente casado”, padre de tres hijos. La clase de gente que Dogville consiente, ampara, necesita.
domingo, 30 de agosto de 2009
ADOLF OBAMA
Por Santiago O’Donnell
Hay ciertos temas que por razomes básicas de supervivencia muchas veces uno trata de obviar: temas densos, complejos, de aristas infinitas y en gran medida abstractos. Por ejemplo, el debate sobre la reforma del sistema de salud en Estados Unidos.
Hasta que un día uno abre el diario y se encuentra con una foto de una multitud sosteniendo carteles que muestran a Obama disfrazado de Hitler y se percata de que los manifestantes no pertenecen a ningún grupo marxista, ni islamista, ni adscriben a una causa de liberación nacional sino todo lo contrario.
Se trata de una grupo de rednecks (cuellos rojos, en inglés), los good ol’boys (buenos muchachos, en inglés) de las zonas rurales del sur, evangélicos y amantes de las armas, los soldados de a pie de la revolución que empezó Ronald Reagan y que estalló en pedazos con la caída de Wall Street y el final del mandato de George W. Bush, esa mezcla de chauvinismo político, conservadurismo cultural y neoliberalismo económico que había sido derrotado en las urnas por un Obama negro, progresista y estatista, al menos para la escala de ese país.
Sin embargo, la reforma le ha costado a Obama doce puntos de imagen positiva y corre serios riesgos de ser derrotada en el Congreso, o de ser diluida al punto de terminar siendo poco más que un lifting. Cualquiera de esas alternativas significaría la mayor derrota política de su joven gobierno.
Lo más loco es que los rednecks de la foto no están solos. La propuesta de reforma ha generado un fuerte rechazo en prácticamente toda la derecha estadounidense. Rush Limbaugh y Sarah Palin acusan al negro Obama de ser Hitler. No por Afganistán ni por querer expandir el poderío militar de Estados Unidos en el mundo. Por querer hacer el sistema de salud más accesible y más inclusivo.
Claro, lo más fácil es decir son todos unos fachos, desde Bush hasta Obama, hasta el último de ellos. Fachos y encima unos estúpidos que se dejan engañar por el lobby de las empresas privadas de salud, que gastan fortunas en publicidad y compran votos en el Congreso para que nada cambie y así se la siguen llevando en pala. Pero sería una simplificación tan grosera como pensar que de golpe Obama se ha transformado en Hitler.
Para entender por qué la prioridad política y principal promesa de campaña de Obama ha chocado contra una pared, hace falta entender mínimamente cómo funciona el sistema de salud estadounidense, por qué Obama quiere reformarlo y por qué tantos ciudadanos, incluyendo muchos que lo votaron, se oponen con tanta vehemencia a la iniciativa presidencial. Intentémoslo.
En Estados Unidos funcionan cuatro sistemas: el sistema privado, principal sujeto de la reforma; el Medicaid, que atiende a los pobres; el Medicare, que atiende a los jubilados y discapacitados, y el Veteran’s Administration, que atiende a los veteranos de guerra.
Medicare es un sistema íntegramente financiado por el gobierno federal que provee medicamentos, servicios médicos y servicios geriátricos. Atiende a unos 60 millones de personas. El gobierno no provee los bienes y servicios, sino que subcontrata con aseguradoras (algo así como prepagas), que a su vez contratan hospitales, compran remedios, etc. Parte del financiamiento viene de las jubilaciones, otra parte de otros impuestos y otra de un fondo de inversión que se está por acabar en un par de años. El sistema está en rojo y ahora se jubila la generación “baby boom”, producto de la explosión demográfica que sucedió a la Segunda Guerra Mundial.
Medicaid es un sistema de financiamiento mixto, mitad federal, mitad estatal, que administran los estados y que atiende a unos cuarenta millones de personas de todas las edades. En algunos casos los estados subcontratan con aseguradores, en otros contratan los servicios directamente. En algunos casos Medicaid (en cada estado tiene un nombre distinto) paga por lo que contrata, en otros funciona un sistema de cápitas, en otros se paga una suma fija por un servicio anual. La cobertura varía de estado a estado y en algunos les cobran copagos a los pobres por algunos servicios. Por ley, el gobierno federal compra todos los remedios de Medicaid y así negoció un descuento del 40 por ciento. En cambio en Medicare cada aseguradora compra sus remedios y los paga a precio de mercado. Esto es en parte porque hasta hace 25 años Medicare no cubría remedios y los jubilados tenían que comprarlos con su dinero en la farmacia.
A diferencia de Medicare, donde sólo hace falta tener 65 años o ser discapacitado para ser beneficiario, el criterio de Medicaid es esencialmente económico y los requisitos son complejos. En una palabra, hay que ser muy, pero muy pobre para recibir Medicaid. Si uno tiene un trabajo mal pago, que no alcanza para el costoso seguro de salud que ofrece el empleador, igual puede ser demasiado rico para Medicaid. Si no tiene trabajo pero es dueño de una casa o de algún bien que puede venderse, también puede ser demasiado rico para Medicaid. Si uno trabaja en una pyme pequeña o informal, que no provee cobertura, pero embolsa más de mil, mil quinientos pesos por mes, puede ser demasiado rico para Medicaid.
Demasiado rico para Medicaid pero demasiado pobre para un seguro de salud privado: hay unos cincuenta millones de estadounidenses en esa situación. Algunos simplemente no pueden pagar el seguro. Otros prefieren ir a los hospitales gratis, gastar el poco dinero que tienen en otra cosa y rezar para que no les pase nada grave. Otros perdieron su seguro al cambiar de trabajo y no pudieron recuperarlo por padecer una enfermedad preexistente. Otros perdieron la cobertura porque se fundieron pagando gastos médicos que su seguro no cubría.
Después está el sistema privado, que cubre a más de 150 millones de personas, que tiene sus particularidades. Funciona a través del empleador. Cada empleador contrata con una sola aseguradora. Los empleadores tampoco tienen muchas opciones de aseguradoras, las cuales por distintas regulaciones estatales y federales ejercen un dominio de mercado monopólico u oligopólico en distintas áreas, similar a los servicios públicas pero desde la empresa privada.
Las aseguradoras les ofrecen a los empleadores un menú de planes de distinto precio para acomodar a toda la escala salarial. El empleado elige pagar mucho por un plan caro o menos por un plan barato. El más económico es el sistema llamado HMO. Se trata de planes con cartilla cerrada que típicamente giran alrededor de un solo centro de atención primaria, similar al que ofrecen muchas obras sociales en la Argentina. De ahí para arriba es posible comprar los planes más lujosos y extravagantes que uno pueda imaginarse, pero no cambiar de aseguradora.
Los demócratas sueñan con reformar el sistema desde hace por lo menos 75 años, para acercarse aunque sea un poco a los sistemas de cobertura universal que con presupuestos comparables ofrecen países como Canadá o algunos miembros de la Unión Europea.
Los objetivos básicos de la reforma son dos: aumentar la cobertura en cantidad y calidad, y bajar los costos a través de la regulación de la industria, empezando por las aseguradoras. La idea es que el mayor ingreso que percibiría el sistema por la expansión de la cobertura permitiría a los proveedores bajar los costos o frenar los aumentos que recaen sobre los usuarios.
A diferencia del plan que presentaron los precandidatos Hillary Clinton y Howard Dean en la campaña, el de Obama no garantiza la cobertura universal. Pero se acerca. La idea es que la cobertura alcance al 95 por ciento de los estadounidenses y residentes, dejando de lado a los más de diez millones de inmigrantes ilegales.
Eso se lograría a través de subsidios federales para los pobres no tan pobres como para recibir Medicaid, que se canalizarían directamente a través de las aseguradoras.
Para bajar los costos Obama propone negociar con las aseguradoras un plan básico de prestaciones establecido por el gobierno a un precio fijo. También un sistema de puntajes que recompense a los mejores hospitales en vez de los que más personas atienden. Y algún mecanismo para que los empleadores tengan más libertad de elección a la hora de contratar aseguradoras. Además impulsa la creación de una aseguradora estatal para garantizar la competencia honesta.
Con un presidente que viene de arrasar en las urnas, con mayoría en las dos cámaras, los demócratas estaban convencidos de que era ahora o nunca.
Pero Obama cometió un grave error de cálculo y se llevó una sorpresa mayúscula. No tuvo en cuenta el efecto psicológico de la peor crisis económica desde la Gran Depresión. No tuvo en cuenta que en tiempos de crisis la gente está más preocupada por no perder lo que tiene que por mejorar su situación. Ni que un tema tan complejo y difícil de explicar era lo que la derecha estaba esperando para facturarle todos los intereses que había tocado desde su llegada al gobierno.
Entonces empezaron a decir que Obama primero había estatizado los bancos, después las automotrices y ahora quería estatizar el sistema de salud porque estaba enfermo de poder y quería controlar todo.
Después Palin se agarró de un programita incluido en la reforma para asesorar a enfermos terminales sobre sus deseos de no extender artificialmente su vida, para acusar al presidente de promover “paneles de la muerte”.
Después echaron a correr la bola de que el control de precios implícito en la reforma llevaría a un sistema de “cuotas” que limitaría las opciones de los pacientes y provocaría más demoras para conseguir atención.
El tema prendió y los enemigos de la reforma empezaron a agarrarse de cualquier cosa. El principal ideólogo de la reforma es un especialista en bioética de Harvard. Entre los tres millones de palabras y decenas de libros que el experto escribió sobre la bioética, citó a otro experto diciendo que en un caso donde hay que decidir entre darle un riñón a un enfermo que sufre una enfermedad mental extrema e irreversible, y otra persona que no sufre ese problema, a lo mejor sería conveniente darle el riñón al que no sufre dicha enfermedad mental. Para qué. Aunque el experto aclaró que nunca defendió esa posición y que se arrepiente de no haber sido más claro al respecto en su libro, a partir de esa cita, la derecha dictaminó que la reforma les quitaría derechos y cobertura a los discapacitados. De ahí la comparación de Obama con Hitler.
Cuestión que Obama pensó que no habían entendido bien y que su magia estaba intacta y partió a las Rocallosas, la cuna de los rednecks, a explicar el plan en foros ciudadanos. Y mandó emisarios al resto del país para hacer lo mismo. No le fue bien. Demasiados casos difíciles de explicar o sin solución a la vista. Demasiado lenguaje técnico y burocrático como para enfrentar la simpleza del relato opositor. Demasiada angustia como para que prenda el “Sí, podemos”. Demasiado miedo.
Para colmo, la oficina presupuestaria del Congreso salió a decir que el plan de Obama costará una fortuna que el país no está en condiciones de pagar. Pero según demostró el experto Jon R. Gabel en el New York Times, esa misma oficina subestimó, y por mucho, los ahorros alcanzados en las últimas tres modificaciones del sistema. Y lo hizo por carecer, después de dos décadas de neoliberalismo, de la gimnasia contable necesaria para estimar la sinergia que producen la centralización y el mayor poder de negociación implícitos en la intervención estatal.
Poco a poco el lobby médico y el espíritu de restauración conservadora se van comiendo los aspectos más progresistas del paquete en los pasillos del Capitolio y las reuniones del Comité de Finanzas. La idea de una aseguradora estatal para competir con las privadas está en la cuerda floja y sólo sobrevivirá si Obama deja de negociar con los republicanos moderados e intenta imponer su mayoría parlamentaria. Pero el problema es que en medio de la tormenta algunos demócratas dudan y otros ya se pasaron de bando y todavía falta mucho trabajo, mucho desgaste en un Congreso de vacaciones que recién vuelve a sesionar el 8 de septiembre.
Paul Krugman los llama “los zombies de Reagan”, porque su ideología ha muerto pero han salido del cementerio para acechar al gobierno de Obama. Siembran miedo buscando asfixiar la iniciativa del presidente. Son ellos los que han marcado la agenda del debate sobre el sistema de salud, mientras Obama mira desde el cartel, con bigotito nazi y cara de no entender nada.
EXTRAIDO DE PAGINA/12 DE HOY




