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viernes, 12 de diciembre de 2014

El poder de Google

Regresamos después de un largo tiempo sin novedades en el frente, esta vez con una nota a Julian Assange, el fundador de Wikileaks, publicada en la revista Ñ el 4 de diciembre de 2014.

"Google es más poderoso que lo que la Iglesia ha sido jamás"





“Los Beatles son más populares que Jesús”. Lo dijo John Lennon en 1966 y armó un lío bárbaro. Ayer, Julian Assange, fundador de WikiLeaks, usó la misma fórmula: "Google es más poderoso que lo que la Iglesia ha sido jamás, y está más centralizado. Hay un control más directo desde el núcleo a la periferia, porque es como si sólo existiera el Vaticano y cada usuario estuviera en un confesionario". Así de tajante fue la afirmación de Assange, que se define como periodista, editor y hacker, en la videoconferencia que dio desde su asilo diplomático en la Embajada de Ecuador en Londres.
Assange habló durante casi una hora ante periodistas españoles y argentinos que, por su pedido, habían tenido que anticipar sus preguntas. El programador se centró sobre todo en el gigante informático que nos ha inventado un sinónimo de "buscar" en el siglo XXI, y que se metió en nuestras computadoras, nuestras tablets, nuestros teléfonos, nuestras costumbres y nuestras vidas. Es que Assange acaba de publicar en España -llegará a las librerías argentinas el 13 de diciembre- el libro Cuando Google encontró a Wikileaks (Capital Intelectual). Es su versión del encuentro que mantuvo en junio de 2011 con el entonces director ejecutivo del buscador, Eric Schmidt. Por esos días, Assange cumplía arresto domiciliario en Norfolk, Inglaterra, y de la reunión también participaron Jared Cohen, consejero de Hillary Clinton cuando ella fue secretaria de Estado; Scott Malcomson, que escribía los discursos del Departamento de Estado norteamericano; y Lisa Shields, que fue vicepresidenta del Consejo de Relaciones Exteriores de Estados Unidos.
Schmidt y Cohen le anticiparon que publicarían la charla en el libro La nueva era digital."Me di cuenta de que era muy posible que Eric Schmidt no fuera únicamente un emisario de Google... La delegación que me visitó era una cuarta parte de Google y tres cuartas partes representaban al Departamento de política exterior de Estados Unidos", escribe Assange en su libro, que decidió publicar para dar una versión "más precisa" de la reunión -además de subir la grabación a Wikileaks.org-.
"Google es el número uno a la hora de hacer lobby en Washington", disparó desde su enclave latinoamericano y a la vez europeo el ideólogo de la plataforma que difundió informes y documentos filtrados que incomodaron a gobiernos de todas las latitudes, especialmente al norteamericano. De hecho, Ecuador dio asilo a Assange para evitar que lo extraditaran a Suecia y de allí a Estados Unidos, donde podría ser juzgado por traición y espionaje. "Dudo que la Unión Europea sea capaz de resistir ese lobby ante el avance de Google como un monopolio", agregó.
El gran buscador construye su poder no sólo a través de sus relaciones políticas -destinó en 2013 casi 16 millones de dólares sólo a hacer lobby en el Capitolio-: también se vale del vínculo íntimo e interactivo que establece con nosotros, sus usuarios, con el click fácil para aceptar términos y condiciones. "Google opera como una gran agencia de seguridad: nos atrae para que usemos sus productos, construye nuestros perfiles, usa esa información y en algunos casos la filtra al gobierno estadounidense", aseguró Assange.
El fin de semana Assange brindó otra videoconferencia: esta vez se comunicó con Ecuador y dijo que Latinoamérica debía desarrollar buscadores y redes sociales propios para evitar el dominio de Google. Consultado por Clarín sobre cómo llevar a cabo esta medida, Assange dijo: "Como respuesta a la filtración de datos internacionales de la Agencia de Seguridad Nacional de Estados Unidos, Brasil decidió conectarse con Europa a través de un cable submarino que no pasara por ese país. Hay varios países de la región trabajando en su soberanía informática. Pero es en vano si cada uno le da su nombre, su teléfono y su ubicación en el mapa a Google, porque es como si cada persona se anexara a Estados Unidos". Según su visión, estos proyectos podrían involucrar, por ejemplo, a distintas universidades de Hispanoamérica y deberían financiarse entre el Estado y el sector privado "para no generar ni corrupción ni monopolios".

"La vigilancia de las corporaciones funciona como la religión. Alguien ve y se acuerda de todo lo que hacés. Es lo que llevan diciendo los curas desde hace años", sentenció Assange (y seguro que Foucault y Orwell estarían de acuerdo).

"

jueves, 18 de agosto de 2011

TODO SIGUE IGUAL...CON O SIN CRISTINA



Las elecciones solo son una parte de la vida política y de la estructura socioeconómica del país. Una parte medianamente representativa y distorsionada por el poder económico de los partidos mayoritarios. Aun así, el triunfo de Cristina es inapelable, y esta claro  que miles de honestos luchadores creen en el partido gobernante. Por eso es mi deber de compañero de ruta señalar mis diferencias, que no son fundamentales sino coyunturales.
Hace bastante tiempo que el PJ (con sus Moyano, Pedraza, Ishi, Curto) no significa nada bueno para el pueblo trabajador. Más bien actúan (de manera mafiosa) en contra del mismo. Lo que cambia ahora es que muchos reconocidos mafiosos se encolumnan detrás del discurso “nacional y popular”. Y en este derrotero, utilizan y arrastran la honestidad de muchos luchadores de base,  para seguir con sus negocios.
El aplastante triunfo electoral del FPV tiene, a mi entender, dos causas fundamentales. La primera es la situación económica favorable. Aclaro que es favorable en relación al año 2001, donde el país se hundía en uno de los peores desastres de su historia. La distribución de la riqueza hoy sigue siendo tan desigual como durante el menemismo.  La segunda es la falta de una oposición presentable. De izquierda a derecha, el arco opositor es lamentable, tanto en discursos como en práctica.  No hay ningún proyecto alternativo al del FPV.
Aun así, tengo que aclarar que para los trabajadores nada cambia con el triunfo del FPV. La mayoría de los trabajadores estamos en negro o desocupados. Cualquier aumento de salarios es devorado rápidamente por un proceso inflacionario inocultable. Con $100 de hoy se compra lo mismo que con $48 el año pasado. Y es notorio que toda “mejora” en las condiciones de vida (como, por ejemplo, los aumentos a los docentes o el nuevo edificio de la facultad de Ciencias Sociales) no es producto de la bondad de ningún funcionario progre, sino el resultado de duras luchas políticas y sindicales de los trabajadores, estudiantes y demás sectores populares. Y estas luchas, generalmente, terminan en violentas represiones (por parte del gobierno “nacional y popular” y sus aliados) o incluso se llevan la vida de compañeros como Mariano Ferreira o Carlos Fuentealba.
El transporte publico funciona cada vez peor, y el Estado le da $5 millones diarios en subsidios a los ferrocarriles. Los trabajadores pagamos dos veces (una con el pasaje y otra con el subsidio) viajes deplorables. Y por si esto fuera poco, los barrios populares muestran una marginalidad creciente, caldo de cultivo para la “maldita policía” bonaerense que, al igual que durante los gobiernos de Menem, De la Rua o Duhalde, libera zonas para hacer sus negocios. El gobierno tiene un doble discurso cada vez más cínico: habla de distribución de la riqueza y da subsidios millonarios a los empresarios del transporte. Habla de ley de tierras pero el agua potable es contaminada cada vez mas por las minas a cielo abierto y el petróleo esta en manos extranjeras. Habla de DDHH, pero en estos ocho años hay muertos y desaparecidos (sin condena para ningún culpable) por luchar por causas justas. Habla de nueva política y hace alianzas con lo peor de la burocracia sindical, impidiendo que sindicatos independientes del gobierno tengan representación legal.
Señalar todo esto no es ser gorila. Gorila es el que se esconde detrás del discurso populista para beneficiarse junto a sus amigos a costa del pueblo. Hay quienes señalan que el proceso argentino es similar al de Bolivia, Ecuador o Venezuela: Grave error. En esos países, la alternativa popular llego DESDE AFUERA de los partidos tradicionales. En Argentina, hay una continuidad en las practicas con un mero cambio de discurso DENTRO de un partido que hace mas de 60 años no representa a los trabajadores.
Para los trabajadores, todo sigue igual. Hasta que no construyamos nuestra propia alternativa.

sábado, 25 de diciembre de 2010

La ilusión de la seguridad (o cómo justificar el estado policial)



Nunca ha existido -ni puede existir- la seguridad plena. Por el contrario, cuanto más nos obsesionamos con ella, más inseguros nos sentimos y lo que es peor, ponemos en segundo plano valores como la libertad y la tolerancia.
Nos encerramos, nos limitamos. Nos excluimos y excluimos a los demás. Lo nuevo, lo diferente, lo “fuera de serie” se transforma en una amenaza. Fobias y pánicos aparecen en escena para protegernos de todo lo que nos saque de la zona de seguridad.
A nuestra mente le ocurre lo mismo: dejamos de pensar, dejamos de cuestionar, dejamos de creer que el cambio es posible. Tememos a los nuevos escenarios.
La sociedad obsesionada con la seguridad involuciona a tal punto que vuelve -al decir del prestigioso jurista argentino Eugenio R- Zaffaroni- a la época del pensamiento mágico, época en que nuestros antepasados prehistóricos pintaban en las paredes de las cavernas aquello que les atemorizaba, para así atraparlo. Hoy, las paredes de las cavernas son los Boletines Oficiales.
Creemos que con el endurecimiento de las penas, con la imputabilidad penal de los niños (sí, niños) y medidas por el estilo, con procesos penales inquisitorios, en definitiva resignando Derechos Humanos elementales, controlaremos aquello que nos aterra. Lo paradójico es que los causantes de nuestros terrores nocturnos no son los especuladores de Wall Street, ni a los fabricantes de armas e ideólogos de guerras. Resulta que quienes nos aterran son los menores que cometen delitos, los pobres, los inmigrantes. De pronto nuestro prójimo se convierte en “el otro”, y sin darnos cuenta pasa a ser “el enemigo”. Nuestro mundo pasa a ser de buenos y malos, de blanco y negro, víctimas y victimarios. Y por supuesto que lo interpretamos creyendo que siempre estaremos del lado de los buenos, que nunca cometeremos un delito (“eso es de delincuentes, no de gente como uno”), que ni siquiera tendremos la mala suerte de ser sospechosos siendo inocentes.
Creemos que estamos “a salvo” de ser los malos y sólo queremos seguridad. Resignamos el pensamiento crítico y sólo queremos que todo siga igual en nuestra burbuja, a salvo de “los malos”. Nos sentimos inseguros y -por ello- nos volvemos totalmente manipulables. Nos volvemos sumisos y obedientes, mientras nos protejan del “viejo de la bolsa” (el “hombre del saco”), nos hacemos previsibles y nos amoldamos perfectamente a las estructuras sociales actuales, por más injustas, depredadoras e insostenibles que sean.
De nada sirve que se presenten estudios, informes, estadísticas que muestran y demuestran que la pena de muerte no disminuye los delitos (al contrario, perdido por perdido, el delincuente ya no tendrá motivo para detener su carrera y entregarse); que imputar a los menores como adultos lo que hace es crear más delincuentes (al privarlos de la posibilidad de reinserción); que la represión policial innecesaria y excesiva es tan ineficaz como la falta de presencia policial.
Cientos, miles, cientos de miles mueren por hambre, guerras, torturas, accidentes laborales. Pero a los medios de comunicación hegemónicos les resulta más fácil estirar hasta el infinito la noticia de un caso policial individual, taladrarnos el cerebro cada día con la misma información vista desde todos los ángulos posibles, para que terminemos con la sensación de que más que un atraco cometido por un menor, la noticia es la de un genocidio cometido por hordas incontrolables de asesinos menores de edad.
Pensar es gratis, dice y redice mi amigo Jaume D’Urgell (algo tan obvio, pero que por eso mismo no tenemos en cuenta). Pensar hace que te preguntes, que cuestiones, que exijas respuestas, que quieras saber. Cuando tienes miedo, en cambio, no piensas, no cuestionas.
Cuando no piensas, te conformas con las migajas de la seguridad -falsa seguridad- que te proporciona un Estado que es cada vez menos Estado de Bienestar y es cada vez más un Estado Policial. Y te dirán que es lo que tú has pedido, lo que la “opinión pública clama”.

sábado, 11 de diciembre de 2010

Macri Vainilla

Por Luis Bruschtein 
“Macri hará propietarios a los vecinos de las villas”, festejaba el diario Perfil: “Más de mil títulos para julio del 2011” agregaba, iniciando así la campaña electoral del macrismo en la ciudad. Si uno imita a Freddy Mercury se puede tragar el bigote o no. Puede que sí, puede que no. Como se sabe, Macri es de los que se lo tragan. Pero si se abandona el espacio público en las zonas pobres de la ciudad, si no hay un plan permanente de construcción de viviendas populares, y si encima se hacen promesas demagógicas, lo más seguro es que se produzcan desmanes. Macri hizo todo eso que no es aconsejable hacer y provocó una batalla campal con muertos y heridos en el sur de la ciudad de Buenos Aires, una zona que no se encuentra entre las prioridades de su gestión. Entonces, en vez de los de Freddy Mercury se puso los bigotitos de Micky Vainilla, el cantante fascistoide de Capusotto y disparó un discurso fuertemente racista y xenófobo contra bolivianos, paraguayos y pobres en general.
El Parque Indoamericano es un espacio público abandonado por el Gobierno de la Ciudad. Algunos vecinos dicen que no es cierto, que habían instalado mobiliario urbano, pero que se robaron hasta las rejas. Otros vecinos dicen que el Gobierno de la Ciudad fue retirando los puestos de vigilancia que supo haber en la zona, tanto de la Federal, como de la Metropolitana. Y no puede decirse que sea un parque que no se usa porque los fines de semana está tan lleno como Palermo. Por el contrario, los mismos vecinos de la zona usan el parque como lugar de esparcimiento. Lo cierto es que el espacio es muy grande y más o menos la mitad está cuidado, pero en la otra mitad, donde empezaron los asentamientos, ni siquiera se hicieron trabajos para alisar el piso y está lleno de escombros. En verdad, lo que se tomó al principio fue el espacio público que Macri abandonó como terreno baldío.
Una ciudad que tiene villas miserias y no tiene plan de viviendas para urbanizar esas villas está acumulando la presión de un problema. La oposición afirma que el Gobierno de la Ciudad subejecutó el presupuesto para vivienda. Que sólo gastó el 18 por ciento de ese dinero. Desde el Gobierno de la Ciudad afirmaron que gastaron todo lo que les llegó desde el gobierno nacional. Aunque así fuera, los desequilibrios no se produjeron en Barrio Norte. Se trata también de prioridades de la gestión, entre las que no figuran las villas ni la vivienda. Y además, los planes de vivienda no dependen de una partida específica nacional, por lo que ese argumento suena a excusa.
En realidad Macri había descartado la idea de construir viviendas populares para transformar las villas en barrios. La propuesta que estaba diseñando el PRO era entregar los títulos de propiedad de los terrenos sobre los que se habían construido casitas en villas como Piletones, Villa 20, 1-11-14, 3, 6, 17, 19 y 21-14. Los diputados Enzo Pagani y Cristian Ritondo presentaron un proyecto en la Legislatura para reformar el Código de Planeamiento Urbano con el objetivo de que permita concretar esa idea. Algunos de los ministros porteños, sobre todo su jefe de Gabinete y probable candidato a sucederlo en la Jefatura de Gobierno, Horacio Rodríguez Larreta, lo anunciaron con bombos y platillos y lo primero que provocaron fue que una banda atacara el obrador que tienen las Madres de Plaza de Mayo en Los Piletones, con 400 casas casi terminadas, generando una guerra de pobres contra pobres. Ese grupo fue rechazado por los mismos trabajadores del obrador. Pero sobre la base de esas promesas de inicio de campaña electoral, la gente de las villas se lanzó a ocupar el predio del Parque Indoamericano. La idea es que a quien acredite ocupar un terreno para vivienda personal, Macri le otorgará el título de propiedad para que después pueda venderlo.
La primera noche de ocupación hubo dos muertos por tiros. Macri pidió la intervención de la Federal, que desalojó el predio y luego lo entregó a la Policía Metropolitana que, insólitamente, se lo devolvió a los grupos que lo habían ocupado. Esta vez entraron muchos más. Y al segundo día había una guerra entre grupos de vecinos de Soldati y Lugano y grupos de ocupantes, que ya se habían asentado.
Macri se negó a negociar con los ocupantes que él mismo había alentado, se negó a enviar a la Policía Metropolitana por temor al costo político si se producía alguna víctima y se sentó a reclamarle al gobierno nacional para que le saque las papas del fuego.
El objetivo de otorgar los títulos de propiedad es que de esa manera, sin siquiera efectuar los gastos millonarios que implicaría la construcción de nuevas viviendas, el mercado mismo se encargaría de erradicar las villas comprando los terrenos y las casitas baratas para realizar emprendimientos inmobiliarios de más envergadura. La concepción del proyecto, al que el PRO define como “el más progresista que se ha impulsado en la ciudad”, proviene más del sector de empresas inmobiliarias y constructoras que de los habitantes de las villas. Si la idea de los asesores de Macri fue convertir ese problema en un negocio que al mismo tiempo lo resolviera, y usarlo como un fuerte argumento de campaña electoral, lo que logró fue desatar una tempestad en el complejo entramado social de las villas porteñas, sobre todo en Los Piletones y en la Villa 20, que se habían mencionado como las primeras en beneficiarse de esas promesas. En los cálculos del PRO, en julio, cuando estaba previsto que comenzaran las entregas de los títulos, el país estaría sumergido en plena campaña presidencial, con un candidato macrista presuntamente ganador en el distrito porteño. Y allí estaba el candidato Macri, todavía jefe de Gobierno, repartiendo títulos de propiedad en las villas.
Era evidente que los anuncios que hicieron iban a provocar una estampida porque impactaban en dos cuestiones muy sensibles. En primer lugar la necesidad desesperante por una vivienda digna. Y en segundo lugar, los apetitos de los que hacen negocio con la pobreza, que negociaron parcelas y posibles favorecidos, lo cual lleva también a la violencia. Los anuncios a voz en cuello no previeron en ningún momento que se produciría el desastre. No hicieron nada para evitarlo. Lanzaron las promesas de la forma más general posible para pescar la ilusión de los pobres. Era una forma también de mostrar que desconocen esa realidad.
Una vez encendida la chispa, había que apagar el fuego. En vez de eso, Macri le echó nafta con un discurso muy violento contra los ocupas, lo cual lanzó a los otros vecinos de Soldati y Lugano con más fuerza contra los que estaban en el parque. Es posible que en el reclamo se mezclen necesidades legítimas con formas de punterismo e inclusive de corrupción. Los que reclaman pueden tener razón o no. Pero el discurso del jefe de Gobierno de la Ciudad en ningún caso podía ser para provocar más odio y justificar y empujar de alguna manera la reacción airada y violenta de los vecinos contrarios a la ocupación. Denunciar por los medios de comunicación a los ocupantes como invasores extranjeros, o como “el avance de los narcotraficantes y el avance de la delincuencia” fue irresponsable, estaba convocando a una masacre.
En ese clima de violencia donde Macri, en vez de ser el pacificador era el epicentro, enviar a la Policía Federal podría haber empeorado la confrontación. En todo caso, la autoridad política, o sea Macri, tenía que generar las condiciones para que esa intervención no se convirtiera en una masacre. El camino de la negociación, que es el camino de la política, era el único que podía evitar más violencia, pero fue el único que rechazó Macri, cuya opción se redujo a reclamar que el gobierno nacional interviniera para reprimir y hacerse cargo de un problema que él había creado en su distrito.
Macri dice que es la nueva política, pero en este conflicto mostró lo peor de lo viejo, con la demagogia, y lo peor de lo nuevo, por la falta de experiencia, paciencia y capacidad de negociación. En ningún momento aceptó que sus representantes negociaran con los que habían ocupado el parque. El discurso violento de Macri crispó a toda la ciudad, en los taxis y en las colas de los bancos, a varios les creció el enano fascista con un nacionalismo chabacano y ese desprecio patotero por los pobres.

Pagina 12 (11-12-2010)

sábado, 27 de noviembre de 2010

Conflicto entre las dos Coreas

GRAN INFORME SOBRE EL CONFLICTO ENTRE LAS DOS COREAS, REALIZADO POR "VISION 7 INTERNACIONAL"

CLICK AQUI PARA VER EL INFORME




Por estos días, y en medio de la retórica preestablecida de la prensa occidental para explicar los acontecimientos internacionales, ya nadie recuerda que hace apenas diez años las dos Coreas celebraron su primera cumbre en cinco décadas, y que se hablaba abiertamente de “reconciliación.” Aquel encuentro, celebrado en Pyongyang, capital de Corea del Norte, en junio de 2000, incluyó la recepción por parte del presidente norcoreano Kim Jong-il de su contraparte del sur, Kim Dae Jung, en el aeropuerto, y una recorrida conjunta de los dos mandatarios en una misma limusina, que fue vivada en las calles por 600 mil personas.
Esta reunión calificada como “histórica”, motivó incluso que en noviembre de ese año la entonces secretaria de Estado estadounidense, Madeleine Albright, visitara el país que tiempo después George W. Bush incluiría en el exclusivo club denominado “Eje del mal”.
Desde entonces, el lugar común de los analistas occidentales es presentar a Corea del Norte como un régimen “imprevisible” y “delirante”, “caprichoso”, “agresivo” y “fuera de control”, que no dudaría en lanzarse a la autodestrucción con tal de asestar un golpe a su contraparte del Sur.
El incidente fronterizo registrado en inmediaciones de la isla de Yeonpygeong, que culminó con un violento intercambio de disparos de artillería entre fuerzas de los dos países, fue enmarcado de inmediato en este esquema y presentado como “una nueva e injustificable agresión” de Corea del Norte.
Sin embargo, cuando transcurrieron las horas, se supo que en realidad los disparos de artillería norcoreanos, que provocaron la muerte de dos marines del Sur y al menos cuatro civiles que vivían en la isla, respondieron a masivos ejercicios militares llevados a cabo por fuerzas de Corea del Sur al borde de una zona en litigio entre los dos países. Más de 70 mil soldados del ejército, la marina y la fuerza aérea surcoreana, que lanzaron disparos y misiles en dirección al Norte.
Como se sabe, este tipo de ejercicios militares masivos no tienen únicamente como objetivo entrenar a las tropas, sino enviar un mensaje, y en muchos casos, constituyen claras provocaciones que pretenden inducir reacciones específicas. Este parece haber sido el caso, como lo admitió en un artículo del 24 de noviembre el propio The New York Times. Y Estados Unidos, desde luego, estaba al tanto de la dimensión de provocación que podrían adoptar las maniobras, ya que decidió a último momento suspender su prevista participación en las mismas, previendo una altamente probable reacción norcoreana, con sobrados motivos como pudo comprobarse.
Para entender lo ocurrido que, más allá de la retórica periodística, es el inicio de un camino que puede derivar peligrosamente en un conflicto bélico regional de consecuencias difíciles de predecir hay que tener en cuenta una serie de factores que han contribuido a construir esta situación, mucho más compleja que los estereotipos rápidos con los que cierta prensa pretende despachar la situación.
En primer lugar, el actual presidente de Corea del Sur,  Lee Myung-bak, forma parte de una elite política de “halcones” de ese país, partidarios de una línea dura y militarista para lidiar con su vecino del norte, que a Washington mismo le cuesta contener.
Por otro lado, es absurdo creer que cualquier país, incluida la República Democrática Popular de Corea del Norte, está dispuesta a suicidarse y actúa sin una estrategia clara y racional que busca objetivos concretos entre los cuales no se encuentra precisamente la autodestrucción. La táctica de estirar la situación al límite, y alternar las negociaciones y concesiones con el rol de “mad dog”, o “perro loco” le ha dado muy buenos resultados a Pyongyang en las últimas décadas.
La estrategia del “mad dog”, por otra parte, es la misma que emplea por ejemplo, Israel, y consiste en responder a cualquier agresión o amenaza con fuerza desmesurada y decisiva. Esto permite no sólo ir cumpliendo objetivos puntuales con la fuerza de los hechos, sino también instalarse en una posición inmejorable a la hora de negociar.
Corea del Sur, como han señalado algunos especialistas en estrategia militar, sabe perfectamente que el Norte es especialmente sensible a este tipo de ejercicios militares en sus zonas limítrofes, y que su esquema de percepción de amenazas los registra como el preludio de un ataque, o una puesta a prueba de su voluntad de respuesta.
Otro dato importante a tener en cuenta es el reciente anuncio hecho por Pyongyang de haber alcanzado un estadio superior en el enriquecimiento de uranio mediante la construcción de una nueva planta de que le permitirá acelerar su fabricación de armas nucleares.
Barack Obama, que trata desesperadamente de lograr que sus fuerzas mantengan el control de la guerra en Afganistán y la frontera con Pakistán, sin contar con los problemas que sigue teniendo en Irak, y su decisión de profundizar el involucramiento estadounidense en operaciones encubiertas en Yemen y Sudán, lo que menos necesita en este momento, y luego de haber recibido una paliza electoral, es la perspectiva de un conflicto bélico en la península coreana.
Por lo pronto, una reciente encuesta señala que en la opinión pública estadounidense, la oposición a una acción militar unilateral de Washington para castigar a Corea del Norte es masiva: un 56 por ciento de los norteamericanos está en contra de que se abra la posibilidad de una nueva guerra de Corea.
Sin embargo, la Casa Blanca no puede desentenderse de lo ocurrido, ya que en esa frontera entre los dos países hay apostados 28 mil soldados estadounidenses que, si estallara una guerra total, estarían justo en la línea de fuego.
En este contexto, la decisión de enviar al portaaviones George Washington y su grupo de naves de ataque a la zona, como señal de apoyo a Seúl, no parece una decisión que vaya a desactivar las tensiones. Sobre todo teniendo en cuenta que detrás de Corea del Norte está China, quien ve cualquier refuerzo de la presencia estadounidense en la región como una amenaza directa a su poder.
En efecto, China es el único aliado que tiene el gobierno de Corea del Norte, de quien depende no sólo militar sino también económicamente.
La reacción de Beijing luego del incidente fue respaldar al Norte, y negar que haya sido Pyongyang quien inició el episodio. Este apoyo, si bien no es incondicional, se mantendrá con fuerza en estas circunstancias. Beijing debe sostener al régimen norcoreano porque su caída significaría un aluvión de refugiados en su territorio, pero sobre todo, porque eso dejaría a Estados Unidos y a su aliado Corea del Sur en control de una zona que quedaría directamente en contacto con las fronteras chinas, algo que los chinos no están dispuestos a permitir.
Contra lo que se cree popularmente, las dos Coreas, pese a sus malas relaciones, tienen líneas de comunicación directa y al mismo tiempo participan del grupo de conversaciones hexalateral que incluye además a Estados Unidos, China, Rusia y Japón. Habrá que ver si esta es la instancia que interviene para enfriar la situación, y evitar que el conflicto en la península coreana sea el escenario de un conflicto por delegación, en el que diriman sus diferencias la ascendente China y un Estados Unidos más necesitado que nunca de reafirmar su status como potencia hegemónica.

jueves, 28 de octubre de 2010

NO DUELO NACIONAL


No estoy triste, tampoco contento. Mucho menos creo que a los muertos haya que perdonarles todos sus errores y alabarlos exageradamente. La muerte del ex presidente Néstor Kirchner no me hace olvidar que su discurso de centro izquierda escondía acciones de centro derecha.
No me olvido que fue el quien mando a una patota sindical de no docentes a apalear a estudiantes que reclamaban que un hombre de la dictadura no asumiera como rector de la UBA. No me olvido que no hizo nada para averiguar que paso con Julio López y castigar a los responsables de su desaparición. Tampoco omito que fue el quien permitió la fusión de cablevisión y multicanal. Y muchísimo menos que una parte de su aparato paraestatal de barrabravas (que seguramente estará en su velatorio) asesino  a Mariano Ferreira hace menos de una semana.
En esta sociedad donde los discursos importan más que los datos empíricos, yo no me olvido. Tampoco estoy obligado a elegir entre Drácula Clarín y el hombre lobo K. Ninguno de los dos va a solucionar los problemas reales del País: excesiva dependencia de la moneda extranjera, destrucción del aparato educativo en pos de una economía agro exportadora, subsidios millonarios a empresas que cada vez funcionan peor.
No estoy triste, tampoco contento. Mucho menos olvidadizo.

viernes, 23 de julio de 2010

ZIZEK!

"Piensen en lo extraño de la situación actual , hace 30 o 40 años se discutía como iba a ser el futuro, si comunista, socialista, hoy ya nadie discute de estas cuestiones: todos aceptamos que el capitalismo está aquí para quedarse. Pero, por otro lado, estamos preocupadisimos por catástrofes, cataclismos cómicos por ejemplo algún nuevo virus o un nuevo asteroide que termine destruyendo la tierra, la paradoja es que es más fácil imaginarse el fin de toda la vida en la tierra que algo que es a menor escala, el fin del capitalismo.
 Nosotros siempre deberíamos reinventar la utopía, pero en qué sentido, hay dos significados falsos: Uno es este antiguo consejo de imaginarse una sociedad plural que sabemos que nunca se va a concretar y la otra utopía es esta utopía del capitalismo en la cual uno sigue encontrándose con nuevos deseos perversos que no solamente quiere realizar sino que lo obligan a uno a realizar, por ejemplo, y esto que les voy a contar ahora no es un chiste sino que es cierto, en unas pequeñas comunidades norteamericanas bastante radicalizadas hablan del la siguiente opción: hablan de que la gente que adopta a la necrofilia en realidad están sufriendo una desventaja en la sociedad que quizás habría que encontrar la forma de suministrarles los cuerpos, imagínense, se ve como algo posible hacer el amor al cadáver pero por otra parte ustedes serían utópicos si creyeran en la posibilidad de controlar las fluctuaciones monetarias internacionales. 
Yo creo que a diferencia de este tipo de utopía, la verdadera utopía no es algo que uno se imagina, un sueño, sino que es algo que en realidad surge de un impulso, de una necesidad pura y autentica de sobrevivir, una necesidad de supervivencia cuando uno se encuentra en una situación en la que ya no es posible una salida dentro de las coordenadas de lo habitual, entonces nuevamente destaco que la utopía es algo que uno se ve obligado a imaginar uno se ve forzado a imaginarla y no es algo que surja libremente de una fantasía sino que es un imperativo de una urgencia de una situación." 

lunes, 19 de julio de 2010

La inseguridad social será el tema del futuro

Entrevista a Louis Wacquant
por Laura Di Marco para La Nación, 28-11-2007

La tesis central de sus trabajos sobre los guetos urbanos resulta inquietante: “Al contrario de lo que se supone, el crecimiento económico fabricará más y más pobres. La solución a la desigualdad ya no pasará exclusivamente por generar más empleos y que la gente pueda vivir de su trabajo. Eso ya no será posible, porque la supervivencia no podrá garantizarse sólo a través del mercado laboral. Se deberá pensar en nuevas maneras de distribuir los derechos sociales y económicos, porque la inseguridad social será el gran tema del siglo XXI”.

Louis Wacquant, de 47 años, es el principal discípulo del sociólogo francés Pierre Bourdieu, uno de los más influyentes y conocidos del siglo XX. Con él escribió
Una invitación a la sociología reflexiva.

- Usted dice que el crecimiento económico no sólo traerá bienestar, sino también más marginalidad. Pero la verdad es que no me imagino a los políticos argentinos proponiendo un retroceso. ¿Qué solución potable sugiere?

-La solución no pasa por frenar el crecimiento, sino por dejar de ilusionarse con que remediará la marginalidad, porque es al revés: traerá más pobres si nos quedamos esperando que el mercado laboral mejore y que la gente consiga trabajo. La expansión del trabajo precario asalariado, con baja remuneración, hecho que ya estamos viendo en los países más desarrollados, generaliza la inseguridad social. Es necesario buscar políticas públicas que ataquen la marginalidad en forma más directa.

- ¿Cómo es eso? Si no es del trabajo, ¿de qué vamos a vivir?

-La principal fuente de marginalidad es el desempleo y la proliferación del trabajo part time y en negro, y eso no se resolverá con el crecimiento económico. La precariedad no es un fenómeno pasajero ni del pasado: está en nuestro futuro. En adelante, ya no podremos depender del salario para garantizar lo básico. Se requerirá un mayor compromiso del Estado para distribuir los principales bienes sociales: tener un techo sobre la cabeza, no morir de una enfermedad curable, poder trasladarse, tener acceso al entrenamiento laboral...

- ¿Propone algo así como un piso mínimo de derechos básicos, garantizado por el Estado?

-Sí, pero
cuando hablo de una política pública igualadora no es porque ame el Estado. No debe ser entendido el Estado como la teología de la izquierda. Precisamente a mí me parece que el desafío del siglo XXI es salir de la discusión de Estado versus mercado, como si fuera un debate religioso. El punto es que hasta ahora no se ha inventado un instrumento mejor para reducir la desigualdad. Mientras los pobres afrontan una inseguridad objetiva, la clase media sufre otro tipo de inseguridad social. Se trata de la inseguridad subjetiva, porque los trabajos son cada vez menos seguros. Entonces se comienza a sentir incertidumbre por el futuro, la ansiedad de no saber si se podrá transmitir a los hijos el propio estatus social. Eso lleva a la clase media a sentir hostilidad por los marginales, que aquí pueden ser los piqueteros. El rechazo esconde un temor profundo, que dice: "Ese podría ser yo". El piquetero es una amenaza concreta. (...)

- Algunos dicen que a ciertos sectores del poder, incluso a cierta dirigencia política, les conviene que haya pobres, porque son manejables.

-Yo diría, más bien, que no les importa. Hay un enorme egoísmo social que hace que los que más tienen digan: a mí me va bien, yo estoy haciendo plata. Es tu problema... Hay un individualismo que lleva, incluso, a echarles la culpa a los pobres por su condición.

- Muchas veces el poder político ha usado los planes sociales para generar redes de clientelismo y atacar la dignidad de las personas, en lugar de fortalecerlas.

-Yo creo, sin embargo, que este tema de la dependencia es un prejuicio contra los pobres. Se cree que si a los pobres se los ayuda con subsidios no van a trabajar, pero no se piensa lo mismo de quienes tienen bonos y participan en la Bolsa. Nadie dice que a quienes viven de rentas no les gusta trabajar. El trabajo implica participar en la corriente de la vida, hace a la identidad de las personas. Que se reciba un subsidio en forma de ayuda social no implica que la gente deje de trabajar. Ese es un mito.

sábado, 17 de julio de 2010

El fútbol, ese leal amigo del capitalismo


Por Terry Eagleton (*)
The Guardian / La Haine, 06/07/10


Si mala cosa es el gobierno de Cameron [Gran Bretaña] para quienes pretenden un cambio radical, la Copa del Mundo es todavía peor. Nos recuerda a todos lo que probablemente seguirá atravesándose en el camino de ese cambio mucho tiempo después de que la coalición [liberal-conservadora] haya muerto. Si cualquier fundación intelectual derechista tuviera que dar con un esquema capaz de distraer al populacho de la injusticia política y compensarlo por una vida de durísimo trabajo, la solución siempre sería la misma: fútbol. Salvo el socialismo, no se imaginado manera más refinada de resolver los problemas del capitalismo. Y en la concurrencia entre socialismo y fútbol, el fútbol va varios años luz por delante.

Las sociedades modernas niegan a los hombres y a las mujeres la experiencia de la solidaridad, experiencia que el fútbol proporciona hasta el extremo del delirio colectivo. Muchos mecánicos y muchos dependientes de comercio se sienten excluidos de la alta cultura; pero una vez a la semana son testigos de representaciones artísticamente sublimes, ejecutadas por hombres para los que el calificativo de genios no resulta, a veces, hiperbólico. Como en una banda de jazz o en una compañía de teatro, el fútbol amalgama talento individual deslumbrante y abnegado trabajo colectivo, resolviendo así un problema sobre el que los sociólogos han venido devanándose los sesos desde tiempos inveterados. Cooperación y competición, astutamente equilibradas. La lealtad ciega y la rivalidad a muerte gratifican algunos de nuestros más potentes instintos evolutivos.

El juego, además, mezcla encanto con ordinariez en sutiles proporciones: los jugadores son de factura heroica, pero una de las razones por las que los reverenciamos es por su carácter de alter ego; fácilmente podrían ser cualquiera de nosotros. Sólo Dios es capaz de combinar de esta guisa intimidad y otredad, y hace tiempo que ha sido rebasado en celebridad por este otro Uno indivisible que es José Mourinho.

En un orden social desnudo de ceremonia y simbolismo, el fútbol ingresa para enriquecer estéticamente la vida de gentes para las que Rimbaud es un grande del cine. El deporte es un espectáculo, pero, a diferencia del ofrecido por las paradas militares, un espectáculo que invita a la intensa participación de sus espectadores. Hombres y mujeres, cuyo trabajo es cualquier cosa menos intelectualmente exigente, pueden exhibir una asombrosa erudición a la hora de recordar la historia del juego o de describir analíticamente las destrezas de los jugadores. Doctas disputas, dignas de los foros de los antiguos griegos, afloran rebosantes en bares y mercados. Como en el teatro de Bertolt Brecht, el juego convierte en expertos a las gentes del común.

El vívido sentido de la tradición contrasta con la amnesia histórica de la cultura postmoderna, para la que cualquier cosa ocurrida hace 10 minutos tiene que ir a parar al basurero de las antigüedades. Hay incluso un punto de inflexión de género, porque los jugadores combinan la fuerza del púgil con la gracilidad de la bailarina. El fútbol ofrece a sus seguidores belleza, drama, conflicto, liturgia, carnaval y la impar marca de la tragedia, por no hablar de la oportunidad de viajar a África y volver sin abandonar la borrachera. Como alguna que otra fe religiosa, el juego determina qué tienes que vestir, con quién tienes que asociarte, qué himnos has de cantar y qué relicario de verdades transcendentes has de adorar. Junto con la televisión, es la suprema solución al inveterado dilema de nuestros amos políticos: ¿qué hay que hacer con ellos, cuando no están trabajando?

Durante siglos y en toda Europa, el carnaval popular, al tiempo que proporcionaba a las gentes del común una válvula de escape para sus sentimientos subversivos –profanando imágenes religiosas y haciendo ludibrio de sus señores y amos—, constituía un acontecimiento genuinamente anárquico, un anticipo de la sociedad sin clases.

Con el fútbol, en cambio, puede haber estallidos de populismo airado y rebelarse los aficionados contra los peces gordos empresariales que sacan pecho en sus clubs, pero en nuestros días el grueso del fútbol es el opio del pueblo, si no su crack cocaínico. Su icono es el impecablemente conservador y servilmente conformista David Beckham. Los Rojos ya no son los bolcheviques. Nadie que sea serio y esté a favor de un cambio político radical puede eludir la necesidad abolir este juego. Y cualquier grupo que lo intentara, tendría sobre poco más o menos las mismas posibilidades de llegar al poder que el máximo ejecutivo de British Petroleum de recibir una donación de Oprah Winfrey.


(*)Terry Eagleton, internacionalmente reconocido crítico cultural en la tradición marxista británica de Raymond Williams, es profesor de literatura en la Universidad de Manchester. Se ha publicado recientemente en castellano (editorial Debate) su interesante libro de memorias: “El portero”

sábado, 24 de abril de 2010

Fachoprogresismo, la maquinaria del miedo

Cómo funciona el aparato de aprietes y escraches montado por Kirchner y los medios oficiales. Los afiches contra periodistas que supervisa.



Los peligrosos métodos orquestados por Kirchner


El sistema funciona así. A Néstor Kirchner se le cae una idea o una opinión en las reuniones cada vez más reducidas de Olivos, y ese concepto dispara la primera ficha del dominó mediático alimentado desde el oficialismo. De inmediato, rebota en un medio estatal, luego en alguna radio “amiga”, más tarde en los programas del productor Diego Gvirtz, y la última ficha en caer será ese concepto difundido por algún noticiero de medianoche, en lo posible a través de algún ídolo popular que interprete la realidad nacional con una visión calcada de aquella “revelación” que tuvo Kirchner, supongamos, en los jardines de la quinta presidencial. Un circuito veloz, aceitado y peligroso.

La última “bola de nieve” involucra, cuándo no, a la prensa. Tras las críticas por el afiche que apareció el jueves 15 con los rostros de profesionales vinculados al Grupo Clarín, el ex presidente deslizó como al pasar: “Los periodistas me hacen reír. Ellos escrachan a todo el mundo, pero cuando aparecen en un afichito saltan todos”. Esa será la idea fuerza que recorrerá esta semana el espinel de los medios amigos y figuras públicas supuestamente progresistas: “Los periodistas se creían intocables”. Pero no sólo estuvo Kirchner detrás de “la idea”, fue el propio ex presidente quien supervisó el armado del panfleto.

¿Progresismo? Operaciones sucias hubo siempre en el kirchnerismo. Por ejemplo, cuando en el 2005 ordenaron hacer una denuncia falsa contra el candidato del ARI, Enrique Olivera, a pocos días de las elecciones, Néstor Kirchner pidió entonces ser entrevistado por Radio 10 para agitar el caso. El entonces presidente se explayó a sus anchas en esa radio amiga, propiedad de Daniel Hadad, un diablo para el progresismo argentino.

miércoles, 14 de octubre de 2009

Chávez expropió un hotel Hilton



PARA "TURISMO SOCIAL A PRECIOS SOLIDARIOS"

El gobierno venezolano expropió el resort de la cadena norteamericana en Isla Margarita. Pasarán al Estado "libre de gravámenes"


“Sumérjase en la piscina de 180 metros ubicada en los jardines tropicales o pruebe su suerte en el casino más grande de la isla”. Si le parece mejor, “permita que el personal le ofrezca sus cócteles mientras se relaja en su silla reclinable con vista al mar Caribe”. Para llegar a este “paraíso”, la web del Hotel Hilton Margarita & Suites le propone que arribe por avión o que amarre su yate en el muelle del hotel. Semejantes placeres le costarán 390 dólares por día, si sólo opta por una habitación simple de 33 metros cuadrados. Para el presidente Hugo Chávez, las ofertas del Hilton de la isla Margarita, el destino más promocionado de Venezuela, es un ejemplo de “turismo de perfil imperialista”. Las decenas de cruceros que atracan allí cada año “ni siquiera invierten en el país” y sus pasajeros “se bajan un día y dejan el basurero”. Para solucionar estos inconvenientes, Chávez decidió que el complejo de origen norteamericano pasará al Estado “libre de gravámenes”, un paso para avanzar en su proyecto de “turismo popular y nacional” a “precios solidarios”.

El Hilton Margarita fue sede de la última Cumbre América del Sur-África celebrada en la isla caribeña en septiembre. En esa ocasión, ante representantes de 60 países, el líder bolivariano anunció su intención de expropiar el predio y trasladar la propiedad a la estatal Venezolana de Turismo, Venetur. El Estado sumará ahora 89 mil metros cuadrados de instalaciones, con 280 habitaciones y 210 suites, casino, locales comerciales, restaurantes, oficinas y salones, así como un puerto de 26 mil metros cuadrados que es destino de megacruceros.

Para justificar la medida, el gobierno hizo referencia a la Ley de Expropiación por Utilidad Pública o Social y el compromiso oficial de avanzar “con calidad revolucionaria en la construcción del socialismo”, según dice el decreto que lleva la firma del presidente. En el texto también se argumenta que el Estado debe contar con “alojamientos y sitios de recreación para el turismo” y ejecutar “su estrategia de desarrollo sustentable orientada a la inclusión”, para así combatir “la concepción del capitalismo individualista” y avanzar hacia una realidad “socialista colectiva”.

Todos estos objetivos se cumplirán, según el gobierno, gracias a un programa llamado “Desarrollo Social del Sector Turístico” de la isla Margarita.

La cadena Hilton, que tiene 500 hoteles en todo el mundo, no comentó por el momento el decreto de expropiación. Sin embargo, es poco probable que pueda evitar la medida, cuando se cumplen dos años de la expropiación del Hilton Caracas, que pasó a llamarse ALBA Caracas, en referencia a la Alianza Bolivariana para las Américas.

Las nacionalizaciones en el área turística se suman a las realizadas en sectores que Chávez considera estratégicos para su “revolución bolivariana”, como el petróleo, la electricidad, la siderurgia y la banca.

El ALBA cambia el dólar por el sucre

A partir de 2010, los países miembros de la Alianza Bolivariana para las Américas (ALBA) no utilizarán el dólar para sus operaciones de comercio exterior. En su lugar, Venezuela, Ecuador, Bolivia, Cuba, Nicaragua, Honduras y República Dominicana intercambiarán productos en una nueva moneda común que se llamará sucre, iniciales de Sistema Único de Compensación Regional. La instauración del sucre será el principal resultado de una cumbre que este viernes reunirá en Cochabamba a los presidentes de los países miembros.


EXTRAIDO DE CRITICA, DEL 14 DE OCTUBRE 2009

sábado, 19 de septiembre de 2009

Memorias de Dogville








La parecita, la reja, el muro. Nuestra buena conciencia suele tener límites tan toscos como ésos. El bebé que estrellan contra la medianera no es nuestro. No es nuestro problema.

Yo pago mis impuestos.

Yo me levanto todos los días a las seis de la mañana.

Que algo en el espíritu de grupo se perdió (si es que alguna vez estuvo) no es novedad. Lo estremecedor, en todo caso, es la facilidad –¿la alegría?– con la que nos entregamos, encantados, al juego de delegar. “El pueblo no delibera ni gobierna sino por medio de sus representantes y autoridades creadas por esta Constitución”, dice el artículo 22. Habrá que sostener pues vía impuestos toda una panoplia de funcionarios más o menos eficientes, más o menos indolentes, pero el precio es más que acomodado si de conciliar el sueño se trata. Yo cumplo. Yo pago. Yo duermo.

Todos, de algún modo, pagamos por olvidar. Como si el combo de trabajo e impuestos al día nos absolviera de todo lo demás. Tal nuestra miserable corona de ajo contra todo lo espantoso del mundo. Con la siempre rendidora excusa del Estado ausente (que si bien se borra de infinitos lugares, hay otros en los que sencillamente no tiene modo de estar) es fácil sentirse a salvo de lo otro. De lo que se cuela. De eso para lo que no hay ni muro ni reja ni medianera que valga. De eso que persiste. Que vuelve. Que no deja dormir.

No, no es sólo la tan mentada “mala conciencia burguesa”. Es algo mucho más físico. Los ruidos de una trifulca feroz en la casa de al lado. Un piojo de tres años descalzo, en agosto, arriba del subte. Todos estuvimos alguna vez justo en ese lugar. De casualidad. Y la casualidad suele ser la excusa perfecta para cerrar la puerta, subir el volumen de la radio, bajarse en la que viene. Las casualidades son eso: el error en la trama, lo que pasa cuando no debería pasar. Sobre todo cuando uno paga sus impuestos. O se levanta a las seis.

Hace un tiempo, el caso del Chacal de Mendoza puso en escena uno de estos secretos a voces con fondo de barrio. Crímenes colectivos en los que uno actúa mientras los demás ofician de campana. O de silenciador, según se prefiera. En veinte años, el amable vecindario de La Cuarta asistió al griterío y a los golpes que salían de la casa de Armando Lucero en perfecta sordera. En perfecto silencio. “Estamos indignados, esto es aberrante; muchos de nosotros todavía no podemos creer que nadie haya hecho una denuncia”, le comentó al diario Los Andes una mujer que –¿ya adivinaron?– prefirió no dar su nombre. Una indignada de manual, reprochando en los demás lo que ella misma nunca se animó a hacer.

Hace un tiempo, también, escuché de boca de Alicia Pierini otra historia de paredes que oyen pero no escuchan. La defensora del pueblo de la Ciudad de Buenos Aires recordó que la investigación que terminó con la clausura de varios talleres clandestinos en Floresta, en los que se tenía reducidas a la esclavitud a decenas de personas, había comenzado, en realidad, como una denuncia por ruidos molestos. “Las máquinas de coser andaban sin parar 24 horas y no dejaban dormir a nadie”, dijo. A la gente de bien, se sabe, nada la perturba tanto como esos sonidos maleducados que no respetan la propiedad privada y se meten en la casa de uno como si tal cosa. Habrase visto.

Algo me dice entonces que no, que nunca fuimos Fuenteovejuna. Que siempre fuimos Dogville, la ciudad de los vecinos siniestros. Una verdad intragable de la que por lo visto tomamos conciencia sólo cuando un “hecho policial” cualquiera viene a revolearnos nuestra hipocresía en la cara. A repetirnos por vez un millón que hay cosas que no se delegan. Y más aún: que las casualidades no existen, como tampoco existen ciertos accidentes. Se trata, siempre, de violencias cocinadas a fuego lento y por mil y un cocineros. Pequeñas muertes anunciadas. De indefensos, casi siempre, masacrados a cuatro, seis, veinte manos, aunque sólo hayan sido dos las definitivas.

Hace tres años, en marzo y en España, una nena llamada Alba quedó convertida en vegetal. Su padrastro cada tarde la ataba desnuda a una silla, que sacaba al balcón. Le daba agua de a gotas. Cada tanto. Y, cada no tanto, le daba unas palizas feroces. La última, en marzo de 2006, la dejó sin voz y sin pasos, y con la edad mental de una nena de dos. La chica tiene varios más. Tiene, también, una madre y vecinos. Muchos vecinos que nunca oyeron nada. Que nunca vieron nada. Setenta balcones, y la peor flor: una nena desnuda y atada a una silla. En la ventana. En pleno invierno.

No, definitivamente nunca fuimos Fuenteovejuna. Nuestro silencio es cualquier cosa menos noble. No busca proteger al que liquida al Comendador abusivo, sino callar a coro crímenes cantados, en los que cada quien mata como puede. Cerrando la boca. Apartando la vista, casi siempre.

Aquí, hace exactamente cinco años, un hombre torturó durante 12 horas a un nenito de cuatro, hijo de su pareja. La paliza comenzó a las 3 de la mañana. Terminó a las tres de la tarde, con el nene sin nombre (en Dogville, se sabe, hacemos de la privacidad nuestra obsesión) reventando contra una pared. Fue en La Boca. Hubo también aquí una madre que no estuvo –algunas madres suelen tener la mala costumbre de no estar en el único momento en el que de verdad se las necesita– y muchos, muchísimos vecinos. Todos escucharon todo, pero nadie vio nada. O sí. En medio de esa masacre que duró horas, el asesino se cruzó enfrente a comprar cigarrillos. Hubo una kiosquera que lo vio venir por la vereda, despeinado y ya bañado en sangre. Le vendió el atado y siguió con lo suyo.

El cliente, se sabe, siempre tiene la razón.

También aquí, en Santa María de los Buenos Aires, y hace todavía menos, una mujer de 35 años murió tras otra golpiza feroz, a cargo de su novio. “Crimen pasional en Caballito”, titularon en ese club de amigos del pensamiento fácil que suelen ser los diarios. También aquí amables vecinos asistieron, pared de por medio, a un asesinato a distancia. La chica alcanzó a pedir auxilio, pero ni así hubo caso. “Eran gritos desesperados. Después, escuché un golpe seco y pensé: ‘La reventó contra la pared’”, confesó horas más tarde y frente a las cámaras de televisión una encantadora copropietaria rubia de lentes, como quien cuenta un choque.

Claro que en Dogville también hay traidores. Gente que se mete donde nadie la llama y que, cada tanto, rompe con la ommertá que rige en la ciudad de los cómplices. Uno de esos réprobos apareció hace días en San Luis. Llamó por teléfono a la policía y contó que acababa de ver a un señor en una 4x4 entrando a un hotel con una nenita. Las fuerzas del orden se tomaron su tiempo antes de intervenir pero sí: efectivamente, en el interior había una chiquita de 11 años junto a un señor de 51. “Los vecinos lo conocían como una persona seria y honesta”, explicó el oficial a cargo del operativo. Un comerciante exitoso, “felizmente casado”, padre de tres hijos. La clase de gente que Dogville consiente, ampara, necesita.




Fernanda Sández
Diario Critica-19.09.2009

domingo, 30 de agosto de 2009

ADOLF OBAMA

Por Santiago O’Donnell

Hay ciertos temas que por razomes básicas de supervivencia muchas veces uno trata de obviar: temas densos, complejos, de aristas infinitas y en gran medida abstractos. Por ejemplo, el debate sobre la reforma del sistema de salud en Estados Unidos.

Hasta que un día uno abre el diario y se encuentra con una foto de una multitud sosteniendo carteles que muestran a Obama disfrazado de Hitler y se percata de que los manifestantes no pertenecen a ningún grupo marxista, ni islamista, ni adscriben a una causa de liberación nacional sino todo lo contrario.

Se trata de una grupo de rednecks (cuellos rojos, en inglés), los good ol’boys (buenos muchachos, en inglés) de las zonas rurales del sur, evangélicos y amantes de las armas, los soldados de a pie de la revolución que empezó Ronald Reagan y que estalló en pedazos con la caída de Wall Street y el final del mandato de George W. Bush, esa mezcla de chauvinismo político, conservadurismo cultural y neoliberalismo económico que había sido derrotado en las urnas por un Obama negro, progresista y estatista, al menos para la escala de ese país.

Sin embargo, la reforma le ha costado a Obama doce puntos de imagen positiva y corre serios riesgos de ser derrotada en el Congreso, o de ser diluida al punto de terminar siendo poco más que un lifting. Cualquiera de esas alternativas significaría la mayor derrota política de su joven gobierno.

Lo más loco es que los rednecks de la foto no están solos. La propuesta de reforma ha generado un fuerte rechazo en prácticamente toda la derecha estadounidense. Rush Limbaugh y Sarah Palin acusan al negro Obama de ser Hitler. No por Afganistán ni por querer expandir el poderío militar de Estados Unidos en el mundo. Por querer hacer el sistema de salud más accesible y más inclusivo.

Claro, lo más fácil es decir son todos unos fachos, desde Bush hasta Obama, hasta el último de ellos. Fachos y encima unos estúpidos que se dejan engañar por el lobby de las empresas privadas de salud, que gastan fortunas en publicidad y compran votos en el Congreso para que nada cambie y así se la siguen llevando en pala. Pero sería una simplificación tan grosera como pensar que de golpe Obama se ha transformado en Hitler.

Para entender por qué la prioridad política y principal promesa de campaña de Obama ha chocado contra una pared, hace falta entender mínimamente cómo funciona el sistema de salud estadounidense, por qué Obama quiere reformarlo y por qué tantos ciudadanos, incluyendo muchos que lo votaron, se oponen con tanta vehemencia a la iniciativa presidencial. Intentémoslo.

En Estados Unidos funcionan cuatro sistemas: el sistema privado, principal sujeto de la reforma; el Medicaid, que atiende a los pobres; el Medicare, que atiende a los jubilados y discapacitados, y el Veteran’s Administration, que atiende a los veteranos de guerra.

Medicare es un sistema íntegramente financiado por el gobierno federal que provee medicamentos, servicios médicos y servicios geriátricos. Atiende a unos 60 millones de personas. El gobierno no provee los bienes y servicios, sino que subcontrata con aseguradoras (algo así como prepagas), que a su vez contratan hospitales, compran remedios, etc. Parte del financiamiento viene de las jubilaciones, otra parte de otros impuestos y otra de un fondo de inversión que se está por acabar en un par de años. El sistema está en rojo y ahora se jubila la generación “baby boom”, producto de la explosión demográfica que sucedió a la Segunda Guerra Mundial.

Medicaid es un sistema de financiamiento mixto, mitad federal, mitad estatal, que administran los estados y que atiende a unos cuarenta millones de personas de todas las edades. En algunos casos los estados subcontratan con aseguradores, en otros contratan los servicios directamente. En algunos casos Medicaid (en cada estado tiene un nombre distinto) paga por lo que contrata, en otros funciona un sistema de cápitas, en otros se paga una suma fija por un servicio anual. La cobertura varía de estado a estado y en algunos les cobran copagos a los pobres por algunos servicios. Por ley, el gobierno federal compra todos los remedios de Medicaid y así negoció un descuento del 40 por ciento. En cambio en Medicare cada aseguradora compra sus remedios y los paga a precio de mercado. Esto es en parte porque hasta hace 25 años Medicare no cubría remedios y los jubilados tenían que comprarlos con su dinero en la farmacia.

A diferencia de Medicare, donde sólo hace falta tener 65 años o ser discapacitado para ser beneficiario, el criterio de Medicaid es esencialmente económico y los requisitos son complejos. En una palabra, hay que ser muy, pero muy pobre para recibir Medicaid. Si uno tiene un trabajo mal pago, que no alcanza para el costoso seguro de salud que ofrece el empleador, igual puede ser demasiado rico para Medicaid. Si no tiene trabajo pero es dueño de una casa o de algún bien que puede venderse, también puede ser demasiado rico para Medicaid. Si uno trabaja en una pyme pequeña o informal, que no provee cobertura, pero embolsa más de mil, mil quinientos pesos por mes, puede ser demasiado rico para Medicaid.

Demasiado rico para Medicaid pero demasiado pobre para un seguro de salud privado: hay unos cincuenta millones de estadounidenses en esa situación. Algunos simplemente no pueden pagar el seguro. Otros prefieren ir a los hospitales gratis, gastar el poco dinero que tienen en otra cosa y rezar para que no les pase nada grave. Otros perdieron su seguro al cambiar de trabajo y no pudieron recuperarlo por padecer una enfermedad preexistente. Otros perdieron la cobertura porque se fundieron pagando gastos médicos que su seguro no cubría.

Después está el sistema privado, que cubre a más de 150 millones de personas, que tiene sus particularidades. Funciona a través del empleador. Cada empleador contrata con una sola aseguradora. Los empleadores tampoco tienen muchas opciones de aseguradoras, las cuales por distintas regulaciones estatales y federales ejercen un dominio de mercado monopólico u oligopólico en distintas áreas, similar a los servicios públicas pero desde la empresa privada.

Las aseguradoras les ofrecen a los empleadores un menú de planes de distinto precio para acomodar a toda la escala salarial. El empleado elige pagar mucho por un plan caro o menos por un plan barato. El más económico es el sistema llamado HMO. Se trata de planes con cartilla cerrada que típicamente giran alrededor de un solo centro de atención primaria, similar al que ofrecen muchas obras sociales en la Argentina. De ahí para arriba es posible comprar los planes más lujosos y extravagantes que uno pueda imaginarse, pero no cambiar de aseguradora.

Los demócratas sueñan con reformar el sistema desde hace por lo menos 75 años, para acercarse aunque sea un poco a los sistemas de cobertura universal que con presupuestos comparables ofrecen países como Canadá o algunos miembros de la Unión Europea.

Los objetivos básicos de la reforma son dos: aumentar la cobertura en cantidad y calidad, y bajar los costos a través de la regulación de la industria, empezando por las aseguradoras. La idea es que el mayor ingreso que percibiría el sistema por la expansión de la cobertura permitiría a los proveedores bajar los costos o frenar los aumentos que recaen sobre los usuarios.

A diferencia del plan que presentaron los precandidatos Hillary Clinton y Howard Dean en la campaña, el de Obama no garantiza la cobertura universal. Pero se acerca. La idea es que la cobertura alcance al 95 por ciento de los estadounidenses y residentes, dejando de lado a los más de diez millones de inmigrantes ilegales.

Eso se lograría a través de subsidios federales para los pobres no tan pobres como para recibir Medicaid, que se canalizarían directamente a través de las aseguradoras.

Para bajar los costos Obama propone negociar con las aseguradoras un plan básico de prestaciones establecido por el gobierno a un precio fijo. También un sistema de puntajes que recompense a los mejores hospitales en vez de los que más personas atienden. Y algún mecanismo para que los empleadores tengan más libertad de elección a la hora de contratar aseguradoras. Además impulsa la creación de una aseguradora estatal para garantizar la competencia honesta.

Con un presidente que viene de arrasar en las urnas, con mayoría en las dos cámaras, los demócratas estaban convencidos de que era ahora o nunca.

Pero Obama cometió un grave error de cálculo y se llevó una sorpresa mayúscula. No tuvo en cuenta el efecto psicológico de la peor crisis económica desde la Gran Depresión. No tuvo en cuenta que en tiempos de crisis la gente está más preocupada por no perder lo que tiene que por mejorar su situación. Ni que un tema tan complejo y difícil de explicar era lo que la derecha estaba esperando para facturarle todos los intereses que había tocado desde su llegada al gobierno.

Entonces empezaron a decir que Obama primero había estatizado los bancos, después las automotrices y ahora quería estatizar el sistema de salud porque estaba enfermo de poder y quería controlar todo.

Después Palin se agarró de un programita incluido en la reforma para asesorar a enfermos terminales sobre sus deseos de no extender artificialmente su vida, para acusar al presidente de promover “paneles de la muerte”.

Después echaron a correr la bola de que el control de precios implícito en la reforma llevaría a un sistema de “cuotas” que limitaría las opciones de los pacientes y provocaría más demoras para conseguir atención.

El tema prendió y los enemigos de la reforma empezaron a agarrarse de cualquier cosa. El principal ideólogo de la reforma es un especialista en bioética de Harvard. Entre los tres millones de palabras y decenas de libros que el experto escribió sobre la bioética, citó a otro experto diciendo que en un caso donde hay que decidir entre darle un riñón a un enfermo que sufre una enfermedad mental extrema e irreversible, y otra persona que no sufre ese problema, a lo mejor sería conveniente darle el riñón al que no sufre dicha enfermedad mental. Para qué. Aunque el experto aclaró que nunca defendió esa posición y que se arrepiente de no haber sido más claro al respecto en su libro, a partir de esa cita, la derecha dictaminó que la reforma les quitaría derechos y cobertura a los discapacitados. De ahí la comparación de Obama con Hitler.

Cuestión que Obama pensó que no habían entendido bien y que su magia estaba intacta y partió a las Rocallosas, la cuna de los rednecks, a explicar el plan en foros ciudadanos. Y mandó emisarios al resto del país para hacer lo mismo. No le fue bien. Demasiados casos difíciles de explicar o sin solución a la vista. Demasiado lenguaje técnico y burocrático como para enfrentar la simpleza del relato opositor. Demasiada angustia como para que prenda el “Sí, podemos”. Demasiado miedo.

Para colmo, la oficina presupuestaria del Congreso salió a decir que el plan de Obama costará una fortuna que el país no está en condiciones de pagar. Pero según demostró el experto Jon R. Gabel en el New York Times, esa misma oficina subestimó, y por mucho, los ahorros alcanzados en las últimas tres modificaciones del sistema. Y lo hizo por carecer, después de dos décadas de neoliberalismo, de la gimnasia contable necesaria para estimar la sinergia que producen la centralización y el mayor poder de negociación implícitos en la intervención estatal.

Poco a poco el lobby médico y el espíritu de restauración conservadora se van comiendo los aspectos más progresistas del paquete en los pasillos del Capitolio y las reuniones del Comité de Finanzas. La idea de una aseguradora estatal para competir con las privadas está en la cuerda floja y sólo sobrevivirá si Obama deja de negociar con los republicanos moderados e intenta imponer su mayoría parlamentaria. Pero el problema es que en medio de la tormenta algunos demócratas dudan y otros ya se pasaron de bando y todavía falta mucho trabajo, mucho desgaste en un Congreso de vacaciones que recién vuelve a sesionar el 8 de septiembre.

Paul Krugman los llama “los zombies de Reagan”, porque su ideología ha muerto pero han salido del cementerio para acechar al gobierno de Obama. Siembran miedo buscando asfixiar la iniciativa del presidente. Son ellos los que han marcado la agenda del debate sobre el sistema de salud, mientras Obama mira desde el cartel, con bigotito nazi y cara de no entender nada.



EXTRAIDO DE PAGINA/12 DE HOY