sábado, 17 de julio de 2010

El fútbol, ese leal amigo del capitalismo


Por Terry Eagleton (*)
The Guardian / La Haine, 06/07/10


Si mala cosa es el gobierno de Cameron [Gran Bretaña] para quienes pretenden un cambio radical, la Copa del Mundo es todavía peor. Nos recuerda a todos lo que probablemente seguirá atravesándose en el camino de ese cambio mucho tiempo después de que la coalición [liberal-conservadora] haya muerto. Si cualquier fundación intelectual derechista tuviera que dar con un esquema capaz de distraer al populacho de la injusticia política y compensarlo por una vida de durísimo trabajo, la solución siempre sería la misma: fútbol. Salvo el socialismo, no se imaginado manera más refinada de resolver los problemas del capitalismo. Y en la concurrencia entre socialismo y fútbol, el fútbol va varios años luz por delante.

Las sociedades modernas niegan a los hombres y a las mujeres la experiencia de la solidaridad, experiencia que el fútbol proporciona hasta el extremo del delirio colectivo. Muchos mecánicos y muchos dependientes de comercio se sienten excluidos de la alta cultura; pero una vez a la semana son testigos de representaciones artísticamente sublimes, ejecutadas por hombres para los que el calificativo de genios no resulta, a veces, hiperbólico. Como en una banda de jazz o en una compañía de teatro, el fútbol amalgama talento individual deslumbrante y abnegado trabajo colectivo, resolviendo así un problema sobre el que los sociólogos han venido devanándose los sesos desde tiempos inveterados. Cooperación y competición, astutamente equilibradas. La lealtad ciega y la rivalidad a muerte gratifican algunos de nuestros más potentes instintos evolutivos.

El juego, además, mezcla encanto con ordinariez en sutiles proporciones: los jugadores son de factura heroica, pero una de las razones por las que los reverenciamos es por su carácter de alter ego; fácilmente podrían ser cualquiera de nosotros. Sólo Dios es capaz de combinar de esta guisa intimidad y otredad, y hace tiempo que ha sido rebasado en celebridad por este otro Uno indivisible que es José Mourinho.

En un orden social desnudo de ceremonia y simbolismo, el fútbol ingresa para enriquecer estéticamente la vida de gentes para las que Rimbaud es un grande del cine. El deporte es un espectáculo, pero, a diferencia del ofrecido por las paradas militares, un espectáculo que invita a la intensa participación de sus espectadores. Hombres y mujeres, cuyo trabajo es cualquier cosa menos intelectualmente exigente, pueden exhibir una asombrosa erudición a la hora de recordar la historia del juego o de describir analíticamente las destrezas de los jugadores. Doctas disputas, dignas de los foros de los antiguos griegos, afloran rebosantes en bares y mercados. Como en el teatro de Bertolt Brecht, el juego convierte en expertos a las gentes del común.

El vívido sentido de la tradición contrasta con la amnesia histórica de la cultura postmoderna, para la que cualquier cosa ocurrida hace 10 minutos tiene que ir a parar al basurero de las antigüedades. Hay incluso un punto de inflexión de género, porque los jugadores combinan la fuerza del púgil con la gracilidad de la bailarina. El fútbol ofrece a sus seguidores belleza, drama, conflicto, liturgia, carnaval y la impar marca de la tragedia, por no hablar de la oportunidad de viajar a África y volver sin abandonar la borrachera. Como alguna que otra fe religiosa, el juego determina qué tienes que vestir, con quién tienes que asociarte, qué himnos has de cantar y qué relicario de verdades transcendentes has de adorar. Junto con la televisión, es la suprema solución al inveterado dilema de nuestros amos políticos: ¿qué hay que hacer con ellos, cuando no están trabajando?

Durante siglos y en toda Europa, el carnaval popular, al tiempo que proporcionaba a las gentes del común una válvula de escape para sus sentimientos subversivos –profanando imágenes religiosas y haciendo ludibrio de sus señores y amos—, constituía un acontecimiento genuinamente anárquico, un anticipo de la sociedad sin clases.

Con el fútbol, en cambio, puede haber estallidos de populismo airado y rebelarse los aficionados contra los peces gordos empresariales que sacan pecho en sus clubs, pero en nuestros días el grueso del fútbol es el opio del pueblo, si no su crack cocaínico. Su icono es el impecablemente conservador y servilmente conformista David Beckham. Los Rojos ya no son los bolcheviques. Nadie que sea serio y esté a favor de un cambio político radical puede eludir la necesidad abolir este juego. Y cualquier grupo que lo intentara, tendría sobre poco más o menos las mismas posibilidades de llegar al poder que el máximo ejecutivo de British Petroleum de recibir una donación de Oprah Winfrey.


(*)Terry Eagleton, internacionalmente reconocido crítico cultural en la tradición marxista británica de Raymond Williams, es profesor de literatura en la Universidad de Manchester. Se ha publicado recientemente en castellano (editorial Debate) su interesante libro de memorias: “El portero”

martes, 29 de junio de 2010

CARANCHO






Esta película cuenta la vida de dos perdedores que se creen ganadores. Lujan (Martina Guzman) es una medica recien recibida que trabaja a destajo en un hospital publico. Sosa ( Ricardo Darin) es un abogado que perdió su matricula y trabaja para una mafia que lucra con los accidentes de transito. Hasta que un dia sus vidas se cruzan y... el resto te lo imaginaras.

Lo interesante de esta película es que nos muestra una realidad que intuimos o que nos contaron, pero rara vez la vimos. Como "El Bonaerense", otra obra del director Pablo Trapero, esta pelicula tiene el merito de meternos en un ambiente tan pesado como atractivo. Para comprarse el DVD trucho y verla en tu casa.

domingo, 27 de junio de 2010

Esos Capos



Los tipos son unos capos. Saben de todo: fútbol, política, cine, música. Uno no puede dejar de asombrarse ante la capacidad de captar fenómenos incomprensibles e inaccesibles para la mayoría.

Vos le decís que te gustan las películas de Tarantino, y tu amigo el Capo te responde: “ah, porque vos no conoces a Robert Rodríguez, el Tarantino Mexicano, que lo supera en muchos aspectos”, haciéndote quedar como un boludo atómico. O le queres recomendar un disco de Piazzolla grabado en Bélgica, Dinamarca o nosedonde con el “nono” Pugliese y te sale con que hay uno mejor, que PIazzolla grabo en vivo en el central park. O le preguntas por el Che y contesta que no hay que olvidarse de Camilo Cienfuegos, que fue mas mártir, mas revolucionario y murió antes.

Hasta que un día, sale algún libro contando las peripecias de Camilo Cienfuegos y es Best-Seller, o la música de Piazzolla la escuchas en una película de Bruce Willis, o Robert Rodríguez pega un exitazo comercial que además es un peliculón, y vos vas corriendo a felicitar a ese capo que te hablo antes de que le gustara a todo el mundo.

Pero el tipo está enojado. Indignadísimo. “Ahora la gilada escucha Piazzolla y habla de Cienfuegos”, refunfuña. Y vos lo queres consolar, le decís que todo esto es bueno, antes esa gente miraba Tinelli o escuchaba a Luismi y ahora conoce algo distinto o mejor. Y el tipo te dice que no, que Piazzolla es un pro-yanqui, “no ves que ese recital es en pleno Central Park, ¿porque no vino a parque Centenario en esa época?”, y Cienfuegos es un boludo “que se hizo matar para no tener la responsabilidad de gobernar en Cuba”. Te quedas pasmado, no sabes que decir, pero te queda el último recurso: Robert Rodríguez. Y rápidamente tus ilusiones se desmoronan cuando afirma, a punto de estallar, que Rodriguez “es un latino que reniega de sus raíces, no viste que se hace llamar Robert en vez de Roberto”.

Pero… ¿Qué paso? Simple: cuando algo deja de ser exclusivo de unos pocos y se masifica, esos pocos se sienten vacíos, no pueden refregarle al mundo por la cara su conocimiento refinado. Entonces buscan un disco, un libro, una película o un mártir semi desconocidos (o desconocidos del todo, tanto mejor) para reivindicar. Porque ellos hacen la siguiente ecuación: si me gusta lo mismo que a muchos, no soy diferente, soy uno más. Y si soy uno mas, nadie me va a dar bola, no se fijan en mí porque en el fondo soy un boludo más. Y ese boludo mas decide invertir la ecuación buscando algo que le guste a pocos o no le guste a nadie, o nadie conozca. Y es así como a las dos semanas tu amigo el Capo te sale con que en Islandia viven en una ciudad subterránea y acondiciono su sótano (el de su casona de las lomas de San Isidro, que se la dejo su abuelo “que era un negrero hijo de puta pero copado porque me dejo tres propiedades y me pago un viaje a Europa cuando yo tenia 18”) para estar a la par, o que el disco de música electrónica que hizo Guillermo Vilas en los 80’s no estaba tan mal.

Y ese capo, así nomás, se desenmascara y te muestra que es un forro.





sábado, 29 de mayo de 2010

Reír llorando - Falta y Resto

Reir llorando


Viendo a Garrid, actor de la Inglaterra
el pueblo al aplaudirlo le decia,
eres el más gracioso de la tierra
y más feliz, y el cómico reía.
Victimas del Splen, los altos Lores
en sus noches negras y pesadas,
iban a ver al rey de los actores
y cambiaban su esplen en carcajadas.

Una vez, ante un médico famoso,
llegose un hombre de mirar sombrío,
sufro - le dijo un mal tan espantoso
como esta palidez del rostro mío.
nada me causa encanto ni atractivo,
no me importa mi nombre ni mi suerte,
en un eterno splen muriendo vivo
y mi única pasión la de la muerte.

Viajad y os distraeis;
Tanto he viajado,
Las lecturas vuscad;
Tanto he leído,
Que os ame una mujer;
Si soy amado!!
Un título adquirid;
Noble he nacido,


Me deja, agrega el médico perplejo,
vuestro mal y no debo acobardaos,
tomad por receta estos consejos;
solo viendo a "Garrid", podéis curaos.

A GARRID..........
Sí a Garrid..........
la más remisa y austera sociedad le busca ansiosa
todo aquel que lo ve, muere de risa.
" Tiene una gracia artística asombrosa "
y a mí me hará reír??
Ha... si os lo juro
él si, nada más él
más.......... que os inquieta
Así - dijo el enfermo
no me curo;
YO SOY GARRID........
cambiadme la receta.